México está más cerca de un problema que no se resuelve con discursos: perder el grado de inversión de su deuda soberana. La razón es simple y está en los números primero. El país quedó a un nivel de bajar del grupo de Grado de Inversión al de Grado Especulativo o «chatarra», y eso tendría una repercusión directa sobre tasas, tipo de cambio, crédito y actividad económica.
La columna sostiene que los grandes inversionistas, fondos, bancos y casas de bolsa internacionales tienen restricciones para invertir solo en deuda con grado de inversión. Si México perdiera esa categoría, habría un retiro masivo de recursos financieros depositados en deuda mexicana y en pesos, tanto del gobierno como de empresas mexicanas. El efecto esperado sería un alza importante en las tasas de interés y un ajuste fuerte al tipo de cambio.
El propio texto recuerda el caso de Brasil y otros países que perdieron el grado de inversión. Allí, dice, el tipo de cambio se devaluó en más de 50%, las tasas de interés subieron casi al doble de la inflación y los precios aumentaron de forma relevante. También advierte que serían impagables muchas hipotecas, que las empresas con deuda elevada no podrían cumplir compromisos y que los bancos tendrían problemas graves por la caída en la cobranza.
La señal más incómoda aparece en los Criterios Generales de Política Económica 2027. El gobierno entregó al Congreso ese documento y, según la columna, prevé un endeudamiento adicional del 3.9% del PIB para el próximo año, medido por los Requerimientos Financieros del Sector Público. Eso llevaría la deuda total a 55.8% del PIB. El contraste histórico es duro: 17.1% en 2007 y 43.9% en 2019.
El argumento central es que ese ritmo de apalancamiento ya presiona el servicio de la deuda, que hoy sería superior a toda la inversión física del gobierno, cercana al 40%. Si además las tasas de interés siguen subiendo, el costo para México aumentará todavía más. En ese contexto, la lectura es clara: el aparato estatal está absorbiendo cada vez más capacidad financiera y dejando menos margen para el crecimiento productivo.
Capital busca reglas claras. Cuando el riesgo soberano sube y la deuda pública crece más rápido que la economía, el dinero se encarece para todos: familias, empresas y bancos. El incentivo correcto sería frenar el deterioro fiscal antes de que el castigo llegue por la vía de mercados menos pacientes y más caros.