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El petróleo sube y Trump queda atrapado entre Irán y la gasolina cara

Las cartas publicadas por The New York Post apuntan a que la crisis energética ya golpea el costo de vida y la Casa Blanca paga el precio político. En Nueva York, además, el debate sobre baños públicos reabre la discusión sobre gasto, mantenimiento y prioridades del dinero de los contribuyentes.
viernes 18 de septiembre de 2026

Las cartas al editor publicadas por The New York Post colocan dos frentes de costo político y fiscal sobre la mesa. Uno es la suba de los precios del petróleo y sus derivados en medio de la guerra con Irán. El otro es el debate en Nueva York sobre el precio de los baños públicos automáticos, que una carta califica de demasiado caros para comprar, mantener y construir.

En el primer caso, una de las cartas sostiene que Trump pidió a Ucrania detener los bombardeos a depósitos rusos de diésel, al tiempo que culpaba a Ucrania por el precio «astronómico» del combustible. El mismo remitente afirma que el presidente parece haber olvidado lo que ocurre en el Estrecho de Ormuz después de haber «instigado una guerra» sin medir las posibles consecuencias.

Otra carta va más lejos y dice que los precios del gas y el diésel son «culpa de Trump». Según ese lector, cuando la administración de Trump se mostró desprevenida ante el posible cierre del Estrecho de Ormuz, y mientras los ataques en Arabia Saudita amenazan con generar una escasez importante de petróleo, el mercado energético quedó expuesto a una tensión que ya se siente en los surtidores. El propio texto incluso especula con que el gas podría llegar a $7 por galón y el diésel a $9 por galón hacia las elecciones de medio término.

Ese ángulo importa porque el mercado ya votó: cuando la oferta energética se estrecha y el conflicto eleva el riesgo país, el costo no lo paga la retórica, lo pagan los consumidores, el transporte y la cadena productiva. En lenguaje simple, suben los márgenes de presión sobre hogares y empresas, mientras el aparato estatal intenta administrar una crisis que no supo anticipar.

La segunda carta apunta al gasto municipal. Su autor, que dice haber trabajado en años anteriores en la división de planificación y uso del suelo del Concejo de la Ciudad de Nueva York, sostiene que el gobierno local descartó varias veces instalar baños públicos automáticos por ser demasiado caros y por los riesgos de crimen y terrorismo. También afirma que no se habría considerado el costo de encontrar espacio en veredas congestionadas ni el gasto para conectar las unidades al agua, la cloaca y la electricidad.

La carta añade que esas unidades deben mantenerse a diario y que, cuando el proyecto se evaluaba hace años, hacía falta un encargado para vigilarlas y limpiarlas. Con ese marco, concluye que gastar dinero en esos baños en una ciudad con un enorme déficit presupuestario es irresponsable.

La lectura de fondo es clara: tanto en energía como en gasto urbano, el contribuyente termina absorbiendo decisiones mal calibradas. Cuando el poder público subestima los costos reales, destruye capital, erosiona productividad y deja una factura más alta para la economía real. Capital busca reglas claras; cuando no existen, el precio se paga en combustible, en impuestos implícitos y en menos margen para crecer.

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