Mark Carney recibió con satisfacción la posibilidad de que Canadá se convierta en el primer miembro asociado de la Unión Europea y defendió en Estrasburgo una relación más estrecha con el bloque. El primer ministro canadiense sostuvo que el acercamiento a Europa busca que ningún país pueda controlar los mercados canadienses ni menoscabar su soberanía.
La señal llegó en un momento de fricción abierta con Estados Unidos. Trump ha lanzado aranceles, exigencias de concesiones económicas y alusiones repetidas a convertir Canadá en el estado 51, una presión que Ottawa lee como una amenaza directa a su autonomía económica y política.
Carney dijo que no busca una membresía plena en la UE, pero sí una integración más profunda en comercio, defensa, minerales críticos, inteligencia artificial, energía, espacio, investigación y servicios financieros. También afirmó que Canadá y Europa deben ser menos vulnerables a la presión económica y geopolítica.
La propuesta de Ursula von der Leyen apuntó en la misma dirección. La presidenta de la Comisión Europea planteó convertir a Canadá en el primer miembro asociado del bloque, una figura que hoy no existe en los tratados y que tendría que crearse. Von der Leyen señaló además que Bruselas quiere llevar la relación con Canadá «al nivel más alto posible».
El movimiento no parte de cero. Canadá despacha alrededor del 70 por ciento de sus exportaciones a Estados Unidos, lo que lo deja expuesto a los vaivenes de la Casa Blanca. Ya este año se convirtió en el primer país no europeo en unirse al programa SAFE de adquisiciones de defensa de la UE, dotado con 150 mil millones de euros, y Bruselas y Ottawa han hablado de cooperación más estrecha en energía, minerales críticos, inteligencia artificial y comercio digital.
Carney también dijo que cualquier asociación reforzada con la UE se debatirá en el Parlamento de Canadá y se someterá a una votación final. La próxima cita será en Montreal, donde los líderes del bloque se reunirán el 29 y 30 de octubre para discutir con más detalle la relación propuesta.
Los números primero: la diplomacia comercial de Canadá ya no gira solo alrededor de Washington. El dato clave es que 70 por ciento de sus exportaciones dependen de Estados Unidos, y eso convierte cualquier choque político en un riesgo para empresas, empleo y flujo de capital. Cuando un país concentra tanto su comercio, la libertad de negociar baja y el costo de la coerción sube.
El mercado ya votó. Ottawa está buscando reglas más claras y menos dependencia de una sola potencia, mientras Europa ofrece una plataforma más amplia de comercio, defensa e innovación. Para la libre empresa, la señal importa: diversificar socios reduce el riesgo país y mejora la capacidad de planear inversiones con menos sobresaltos. Para el contribuyente y para las compañías exportadoras, menos arbitrariedad significa más estabilidad y más margen para crecer.

