La inteligencia artificial y la computación cuántica dominan casi cualquier conversación sobre el futuro tecnológico, pero también elevan la presión sobre la ciberseguridad. Evgeny Gervis, CEO de SafeLogic, plantea que ambas tendencias comparten una misma debilidad: la capacidad —o incapacidad— de adaptar la criptografía con rapidez, seguridad y a gran escala.
Gervis afirma que muchas organizaciones tratan la IA y la computación cuántica como debates separados, cuando en realidad las dos obligan a reforzar el mismo frente: la gestión de la postura criptográfica. En su visión, la seguridad no puede depender de iniciativas puntuales, sino de una disciplina operativa continua para monitorear, gobernar, inventariar y priorizar cambios.
El ejecutivo compara el momento actual con un auto de alto desempeño: no basta con más potencia si no existen frenos, dirección, suspensión y control de tracción. En tecnología ocurre algo parecido, dice. La IA está aumentando la velocidad con la que se escribe software, se descubren vulnerabilidades, se modifican infraestructuras y avanza la investigación de seguridad. La computación cuántica, por su parte, acelera la urgencia de reemplazar algoritmos que han protegido sistemas digitales durante décadas, incluidos los que sostienen la infraestructura de clave pública.
Uno de los puntos centrales de su argumento es que la criptografía rara vez falla por la matemática en sí misma. Más a menudo, sostiene, los fallos aparecen por errores sutiles de implementación. Con IA mejorando la investigación de vulnerabilidades, Gervis espera más hallazgos que afecten implementaciones criptográficas críticas para la privacidad y la confianza digital.
El problema, advierte, ya no es solo si la criptografía debe cambiar, sino si una organización puede identificar dónde existe y reemplazarla antes de que un atacante la explote. En el caso cuántico, agrega, la transición será especialmente compleja porque la criptografía está en todas partes: aplicaciones, sistemas de identidad, PKI, VPN y bases de datos, entre otros.
Gervis también remarca que muchas empresas ni siquiera cuentan con un inventario completo de dónde se usa la criptografía hoy. Sin esa visibilidad, reemplazar algoritmos se vuelve exponencialmente más difícil. Por eso insiste en que la llamada «cripto-agilidad» ya no alcanza con poder cambiar algoritmos sin reescribir aplicaciones; también exige responder casi en tiempo real qué algoritmos son vulnerables, qué sistemas dependen de ellos y qué riesgos deben remediarse primero.
La propuesta que deja sobre la mesa es clara: tratar la criptografía como un activo operativo y no como una infraestructura estática. Eso implica gestión continua, gobernanza, inventario, priorización y ciclo de vida. En la práctica, dice, la responsabilidad suele recaer en la organización del CISO, con una estructura de accountability y, en organizaciones maduras, un centro de excelencia criptográfica.
Para el mercado corporativo, el mensaje es incómodo pero útil: la velocidad tecnológica sin control eleva el riesgo país digital de cada empresa. La productividad que promete la IA puede convertirse en costo operativo si no hay reglas claras, inventario y disciplina de remediación. Capital busca reglas claras; en ciberseguridad, eso significa menos improvisación y más gobierno técnico.
La otra lectura es competitiva. Las firmas que resuelvan antes su postura criptográfica tendrán ventaja para adoptar IA y prepararse para la era cuántica sin fricción innecesaria. Las que retrasen ese ajuste quedarán expuestas a una transición más cara, más lenta y más riesgosa.



