Hace un par de semanas ingresó al Congreso la reforma al mercado de capitales. El diagnóstico que la acompaña es claro: Chile fue durante décadas una referencia en la región, pero su ventaja se erosionó con el tiempo mientras la competencia por capital se volvió global.
Quienes observan la discusión desde Colombia o Perú recuerdan que Chile marcaba pauta en materia de profundidad, confianza e instituciones sólidas. Esa condición permitió que el país fuera visto como un mercado capaz de canalizar ahorro hacia inversión y de ampliar las alternativas de financiamiento para empresas y personas.
La reforma, tal como se plantea, apunta justamente a recuperar ese dinamismo. La idea es contar con un mercado más profundo, líquido y competitivo, capaz de remover fricciones, simplificar el acceso, reducir costos y facilitar la participación de inversionistas y emisores. En un terreno así, las medidas importan no solo por el diseño, sino por su capacidad de producir efectos reales.
El contexto también cambió. La aspiración de convertir a Chile en plataforma financiera regional ya había estado en 2010 y volvió en 2019, pero hoy el mercado local no compite solo con sus vecinos. Compite con plazas de todo el mundo por atraer ahorro, inversión y emisores. En esa carrera, la escala importa.
La comparación con EE.UU. es elocuente. Según la propia columna, la capitalización bursátil de EE.UU. en 2010 alcanzaba los US$ 17 trillones, mientras que la de Chile era de US$ 5 trillones. Al año 2025, EE.UU. subió a US$ 69 trillones y Chile a US$ 7 trillones. Los números muestran una brecha enorme y, sobre todo, una competencia donde el capital ya votó por mercados más grandes y líquidos.
El Ejecutivo actuó con una velocidad que vale la pena reconocer, y ahora el desafío está en la discusión legislativa. El espacio de acuerdo construido hasta aquí no debería perderse, porque existe un diagnóstico ampliamente compartido sobre la necesidad de recuperar profundidad y dinamismo.
La urgencia no es abstracta. Un mercado menos profundo se traduce en crédito hipotecario más caro, en un acceso a la vivienda más restringido y en menos alternativas para que una empresa mediana financie su crecimiento. Cuando el mercado de capitales no funciona, la falta de liquidez no se queda en las pantallas: termina golpeando dividendos mensuales, inversión y empleos que no se crean.
Chile tiene la oportunidad de volver a ponerse a la vanguardia. No se trata de reconstruir el mercado que tuvo, sino de construir uno apto para las próximas décadas: más profundo, más competitivo, más conectado con la región y con el mundo, y capaz de financiar más crecimiento.
Los números primero. Capital busca reglas claras. Si la reforma logra quitar fricciones y ampliar el flujo de ahorro hacia la inversión, el beneficio no será solo para los intermediarios o los emisores: también lo será para familias y empresas que dependen de un crédito más accesible y de un mercado que funcione.
El mercado ya votó. La pregunta ahora es si Chile legisla para volver a atraer capital o si deja que la liquidez siga migrando hacia plazas más grandes. En economía, la inercia también tiene costo.



