La antesala de un año electoral volvió central la defensa de la estabilidad cambiaria. En ese marco, la administración libertaria sostiene que dispone de una «bazooka» de alrededor de 75.000 millones de dólares para enfrentar turbulencias.
Esa cifra se compone de unos 20.000 millones de compras de divisas acumuladas por el Banco Central, otros 20.000 millones de la línea de intercambio de monedas con los Estados Unidos, 20.000 millones adicionales del acuerdo equivalente con China y unos 15.000 millones de capacidad de intervención en el mercado de futuros. Sobre el papel, el arsenal luce imponente.
Pero esos instrumentos no son equivalentes entre sí. Difieren de manera sustancial en liquidez y disponibilidad efectiva. Por eso, la pregunta relevante no es cuánto suma el arsenal nominal, sino qué porción de ese monto constituye verdadero poder de fuego utilizable en caso de necesidad.
Al hacer ese ejercicio, el resultado baja con fuerza. Las estimaciones más cuidadosas ubican la munición efectivamente disponible en torno de los 36.000 millones de dólares, apenas la mitad del total proclamado.
La desagregación importa. El poder de fuego estrictamente doméstico del Banco Central se compone de reservas líquidas propias, que una vez descontado el swap con China y los encajes correspondientes a los depósitos en dólares de los bancos rondan los 15.300 millones. A eso se suman unos 14.700 millones de posición no utilizada en el mercado de futuros y unos 5.900 millones de capacidad de venta de títulos atados al dólar. El total arroja esos 36.000 millones de dólares que la autoridad monetaria podría movilizar de manera genuina y relativamente inmediata.
Ese monto podría estirarse hasta unos 64.000 millones de dólares, pero solo bajo supuestos exigentes. Para lograrlo sería necesario que la línea de liquidez acordada con los Estados Unidos se mantuviera plenamente vigente y utilizable durante el año electoral, algo que no puede darse por descontado, en especial después de las elecciones de ese país. También habría que poder emplear una porción del acuerdo con China, del orden de los 8.000 millones de dólares, cuando la experiencia reciente mostró que ese tramo no estuvo disponible en el momento de mayor tensión del año pasado.
El antecedente del respaldo estadounidense agrega un matiz importante: suele ser de muy corto plazo. Puede servir como puente ante un episodio de tensión transitorio, pero difícilmente alcance para sostener durante meses una dolarización persistente. No es lo mismo una línea para amortiguar un sobresalto puntual que un colchón para resistir una presión sostenida a lo largo de todo un año electoral.
Frente a la masa de pesos susceptible de volcarse a la dolarización, el poder de fuego doméstico representa apenas una cobertura del orden del 18%, que treparía al 31% si se incorporaran los tramos disponibles de los acuerdos con los Estados Unidos y China. Son ratios que muestran que, ante una corrida de magnitud, el arsenal podría resultar insuficiente.
La lectura política y de mercado es clara: en economía, las promesas no reemplazan a la liquidez. Si el poder de fuego real es menor al proclamado, los agentes económicos pueden anticipar sus movimientos y acelerar justamente la dinámica que se intenta evitar. Capital busca reglas claras, no relatos inflados.
El verdadero resguardo no está en el tamaño nominal del arsenal, sino en la solidez del programa que lo vuelve innecesario. Para el contribuyente y para el mercado, el costo de confundir capacidad declarada con capacidad efectiva puede ser alto cuando el ciclo electoral pone a prueba la credibilidad.


