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Venezuela paga en dólares, euros y bolívares mientras el bolívar queda relegado

En Maracaibo y Caracas, los comercios ya cobran en varias monedas y hasta usan la tasa euro para protegerse de la devaluación. La consecuencia es una economía más dolarizada de hecho, pero también más opaca y costosa para el consumidor.
Imagen generada con IA
martes 13 de octubre de 2026

En distintas ciudades de Venezuela, una misma compra puede pagarse con dólares en efectivo, transferencia por Zelle, bolívares, euros o USDT, según la conveniencia del momento y el tipo de cambio que mejor cierre la cuenta.

En Maracaibo, Mónica Miquelena, comerciante con una pastelería, describe una rutina marcada por las quincenas. Dice que la economía se activa el quince y el último día del mes, cuando entra el cobro y las calles se llenan de movimiento.

La convivencia de monedas ocurre en un país que, según el relato de las fuentes, se mueve entre dos precios para un mismo dólar: el oficial, fijado por el Gobierno y conocido como BCV, y el paralelo, llamado en la calle «el mercado negro».

Miquelena sostiene que la lógica del consumidor es guardar los dólares, venderlos más caros y pagar las cosas a precio BCV, que considera el legal. También dice que algunos comercios ofrecen descuentos por pagar en divisas, lo que equivale a comprar al precio oficial. Aun así, admite que se trata de un sistema «engorroso».

El bolívar, agrega, casi no aparece en su negocio. La fuente cita una inflación tan grande que un dólar cuesta más de 800 bolívares, mientras el salario mínimo es de unos 130 bolívares mensuales, estancado durante años. En la práctica, dice el texto, todo está estandarizado al dólar y un salario mensual puede rondar entre los 150 o 300 dólares.

En Caracas, Génesis Aguilar cuenta el mismo problema desde el lado del pago. Dice que antes un dólar costaba 876 bolívares y ahora 982 bolívares. Ese salto, explica, empujó a casi todos los comercios a cobrar a tasa euro, la más cara de las oficiales, para poder comprar dólares sin perder tanto valor mientras la moneda se devalúa.

Aguilar afirma que esa práctica es legal y que nadie le cierra el local a un comercio que cobre a tasa euro. Pero también califica la situación como «súper chimbo», porque los precios en dólares no han bajado.

Hay además un problema práctico: el vuelto. Miquelena dice que si alguien compra algo de 26 dólares y debe recibir 4 de cambio, muchas veces no hay billetes de uno. Según ella, la gente acepta distintas monedas con tal de resolver, pero eso no elimina las pérdidas pequeñas para el consumidor.

Aguilar resume otra consecuencia de fondo: en Venezuela casi nadie sabe cuánto cuesta realmente lo que compra en bolívares. Cuando los precios aparecen en millones, dice, hay que pasarlos a dólares para entender el gasto. Es un síntoma claro de una moneda debilitada y de un mercado que ya opera, de facto, sobre referencias extranjeras.

Mónica también observa señales de actividad en Maracaibo. Dice que ve extranjeros trabajando, un «boom petrolero» y venezolanos que regresaron al país. En su lectura, hay más carros otra vez y eso refleja movimiento económico.

La parte dura del cuadro es otra: cuando una economía obliga a sus ciudadanos a pensar en varias monedas para una compra cotidiana, el costo no lo paga el Estado, lo paga la gente. La opacidad cambiaria castiga al consumidor, complica la formación de precios y deja al comercio atrapado entre reglas oficiales y supervivencia diaria.

Capital busca reglas claras. Lo que muestra Venezuela es el precio de vivir sin una moneda confiable y con un sistema de pagos fragmentado. Cuando el ahorro pierde valor y el cálculo depende de la tasa del día, la libre empresa no florece: apenas se adapta para no perder margen.

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