El portaaviones USS Abraham Lincoln regresó a su puerto de origen en la Estación Aérea Naval North Island, en San Diego, California, tras un despliegue de 322 días y un récord de 265 días consecutivos en el mar. La nota señala que la nave ayudó a librar la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán.
La tripulación fue recibida el jueves por familiares y amigos. «Se siente increíble», dijo Abel Ramirez, de 20 años, a The Associated Press, y agregó que sus padres viajaron desde Texas para verlo. «Hubo un momento en que nunca pensé que saldría de allí».
El despliegue del USS Abraham Lincoln se convirtió en símbolo de críticas más amplias al esfuerzo bélico de Estados Unidos, que, de acuerdo con la nota, se ha prolongado desde febrero sin un final claro y ha presionado las reservas militares del país. La prolongación de la misión también dio pie a reportes sobre deterioro de las condiciones a bordo, escasez de comida y una serie de intentos de suicidio reportados entre miembros de la tripulación.
Pete Hegseth elogió a los marineros el miércoles y acusó a los medios de intentar convertir el buque en «un símbolo de disfunción o un símbolo de baja moral o un símbolo de una misión fallida».
Donald Trump y miembros de su administración han arremetido con frecuencia contra la cobertura crítica de la guerra en Irán. Trump calificó esa cobertura sobre el USS Abraham Lincoln como «noticias falsas». En una reunión en la Oficina Oval el 17 de agosto, dijo: «El Lincoln ha estado allí durante un período de tiempo, un buen período de tiempo». También señaló ese mismo mes, cuando se le preguntó cuánto tiempo había pasado el portaaviones en el mar sin tocar puerto, que su despliegue «no era ni de lejos lo suficientemente largo».
Los reportes sobre tensión en la salud mental a bordo llegan en un contexto de baja aprobación pública. El jueves, el Pew Research Center difundió una encuesta que halló que 65 por ciento de los estadounidenses desaprueba la forma en que Trump maneja la guerra, frente a 33 por ciento que la aprueba.
La guerra también ha alimentado preocupaciones sobre el costo de la vida antes de las próximas elecciones de medio término. Desde que comenzó el conflicto, Irán ha obstaculizado el tráfico comercial por el Estrecho de Ormuz, una vía crítica para el comercio de combustible, fertilizante y otros bienes.
Algunos marineros dijeron que esperaban comidas frescas y pasar tiempo con sus familias. Alma Solano Velez contó que su esposo, uno de los militares a bordo, tenía una lista de alimentos que había extrañado durante su despliegue de 10 meses: rabo de buey, pollo a la barbacoa, brócoli y empanadas de camarón, entre otros. También dijo que él había hablado de «la falta de comida y de duchas» y que esperaba ver a su hija de cuatro años.
El regreso del USS Abraham Lincoln pone sobre la mesa algo que Washington no puede maquillar con comunicados: una guerra larga desgasta a la tripulación, presiona inventarios y termina pasando factura política. Cuando el aparato estatal extiende sus compromisos militares, el costo no se limita al Pentágono; también lo absorben las familias, los contribuyentes y la credibilidad del gobierno.
Capital busca reglas claras incluso en defensa: misiones sin horizonte, stockpiles tensionados y malestar entre marineros son el tipo de señales que castiga cualquier balance serio de riesgo. El mercado ya votó hace tiempo por menos improvisación y más disciplina; en guerra, como en negocios, la cuenta siempre llega.


