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Trump frena la transmisión en vivo de la ejecución de Hasan, pero mantiene la pena de muerte por fusilamiento

La Casa Blanca retiró el plan de emitir el proceso por streaming, después de la presión pública. La ejecución de Nidal Hasan sigue en pie para el 3 de diciembre de 2026, en Fort Hood.
Imagen generada con IA
jueves 15 de octubre de 2026

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dijo el jueves que la ejecución por fusilamiento de Nidal Hasan no será transmitida en directo, pese a que el Pentágono había planteado esa opción. Hasan fue condenado por matar a 13 personas e herir a otras 32 en el ataque de Fort Hood de 2009.

Trump sostuvo que mostrar la ejecución podría haber servido como «un fuerte elemento disuasorio» para que el mundo viera cómo EE.UU. trata a «terroristas y escoria como Hasan», pero agregó que «muchas personas muy buenas y bienintencionadas preferirían no verlo morir». También indicó que la ejecución podrá ser presenciada en persona por los familiares directos de las víctimas, si así lo desean.

La decisión llega después de una ola de críticas al plan de exhibir públicamente la muerte del exmilitar. Antes del cambio de postura, el Pentágono había anunciado que Hasan sería ejecutado el 3 de diciembre de 2026 mediante fusilamiento en Fort Hood, y Hegseth había dicho que la gente debía poder verlo porque «este tipo de cosas tienen graves consecuencias».

Las fuentes coinciden en que la ejecución sigue programada y que la disputa estaba centrada en su transmisión pública. Hasan, que en su consejo de guerra de 2013 dijo que creía estar protegiendo a los musulmanes y a los talibanes en Afganistán del ejército estadounidense, enfrenta además la posibilidad de intentar frenar la ejecución con un nuevo recurso legal, según CNBC.

La cobertura también deja ver el choque político y moral que rodea el caso. Trump no abandonó la pena de muerte ni la ejecución por fusilamiento; lo que retiró fue la puesta en escena televisada. Esa diferencia importa: una cosa es castigo, y otra convertirlo en espectáculo estatal.

Para el mercado institucional de las ideas, el límite debería ser claro. Cuando el aparato federal decide qué violencia puede mostrarse y cuál debe reservarse, no solo administra justicia: también define estándares públicos de civilidad. Capital busca reglas claras, pero también un Estado que no convierta el castigo en contenido.

El caso además expone una tensión incómoda para Washington. Si el objetivo es afirmar orden, la legitimidad no mejora con más morbo. Si se busca disuasión, el argumento debe sostenerse sin cruzar la línea de la banalización. Ahí es donde el poder público se juega algo más que una ejecución: se juega la autoridad moral con la que pretende ejercerla.

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