La pandemia cambió el rumbo de una familia ganadera del norte entrerriano. En 2020, los Castillo empezaron a pasar más tiempo juntos en el establecimiento San Pedrito, en San José de Feliciano, y se hicieron una pregunta que alteró el negocio: ¿por qué vender los terneros al destete si podían recriarlos y terminarlos ellos mismos?
Hasta entonces, la familia llevaba más de cuatro generaciones dedicada a la cría de ganado. En abril de ese año hicieron su primera recría y, poco después, avanzaron hacia la terminación de los animales. Antes de cerrar 2020, dieron otro salto: comenzaron a exportar carne.
Así nació Abuelo Julio, un emprendimiento familiar que pasó de la cría a un esquema integrado, con producción propia, genética, agricultura, faena, exportación, locales comerciales y operaciones en otros países. Hoy la compañía trabaja con mercados como Estados Unidos, Israel y Europa y tiene además una operación propia en Colombia.
Sebastián Castillo, uno de los fundadores y actual presidente y CEO de la compañía, contó a LA NACION que el disparador fue una duda sencilla: «¿Por qué debíamos vender los terneros?». Al no encontrar una respuesta que lo convenciera, resolvieron recriarlos ellos mismos. Para eso compraron sus primeros cuatro silos de autoconsumo en La Pampa y comenzaron una etapa de aprendizaje.
Después apareció una nueva pregunta: si podían recriar, ¿por qué no terminar esos animales? Mientras seguían aprendiendo ese proceso, surgió una oportunidad para entrar en exportación de carne. Un amigo vinculado al negocio les hizo una propuesta directa, y en noviembre de 2020 ya estaban haciendo sus primeras operaciones al exterior.
Para ingresar en ese segmento se asociaron con Carnes Virreyes, que aportó experiencia exportadora. Los Castillo pusieron capital y animales. Sebastián explicó que fue un acuerdo colaborativo para aprender el negocio y empezar de cero con su hermano Tomás.
El crecimiento obligó a resolver más variables al mismo tiempo. Al principio faenaban unas 350 cabezas por semana, con una proporción propia de entre 10% y 15% y el resto de animales comprados para recriar. También tuvieron que ganar confianza entre productores que no los conocían y que, al principio, solo vendían de contado.
Hoy la escala es otra: la compañía faena 1500 animales por semana y desde este año controla operativamente la planta de Friar en Nelson, Santa Fe. La genética también cambió: comenzaron con 240 novillos y luego avanzaron con Braford, además de sumar Angus y orientar su producción hacia animales terminados a grano.
La estrategia siguió hacia la integración vertical y la llegada directa al consumidor final, especialmente al público ABC1. La empresa abrió locales propios en San Pedro y San Nicolás, y proyecta otro en la ciudad de Buenos Aires. También avanzó con socios e instalaciones propias en el exterior.
Sebastián resumió la lógica con una frase que explica toda la apuesta: «Entendí que nuestra rentabilidad siempre está en la última milla del negocio».
El caso de los Castillo deja una señal clara para el sector: cuando la cadena se integra y el productor deja de conformarse con vender materia prima, aparece más espacio para margen, capitalización y control del negocio. En un país donde demasiadas veces el valor se pierde antes de llegar al consumidor, la apuesta de Abuelo Julio va en sentido contrario al de la comodidad: más riesgo, sí, pero también más productividad y más retorno.
El mercado ya votó. La gran pregunta no es si la familia encontró una oportunidad, sino cuántos otros negocios del agro siguen atrapados en el eslabón más débil de la cadena. Capital busca reglas claras, pero también empresarios dispuestos a invertir donde el aparato productivo puede generar mucho más que un animal vendido al destete.


