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Un taller de moda venezolano fabricó 1.000 bolsas mortuorias ante una necesidad que nadie cubría

El diseñador Efraín Mogollón reconvirtió su casa de modas en Maracay para donar bolsas a rescatistas y forenses tras los terremotos del 24 de junio. Donde no había respuesta, la iniciativa privada cosió.
Imagen ilustrativa
miércoles 15 de julio de 2026

Los hilos de colores para vestidos quedaron a un lado. En el taller de la casa de modas By Efraín Mogollón, creada hace 15 años en Maracay, estado Aragua, el negro se impuso desde la primera semana tras los terremotos que el 24 de junio golpearon Caracas y devastaron el estado La Guaira.

Dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5, ocurridos en menos de un minuto, han causado más de 4.700 fallecidos, según la fuente. La ONU calculó que los desaparecidos podrían llegar a 50.000 y anunció la entrega de 10.000 bolsas mortuorias. El gobierno, que evita hablar de desaparecidos, improvisó un depósito de cuerpos en los silos del puerto de La Guaira y amplió un cementerio para sepultar a víctimas sin identificar.

Fue en ese contexto donde Mogollón, de 44 años, «se percató de una necesidad que no se estaba cubriendo». «Estamos justamente en estado de shock porque fue una tragedia inminente y necesitábamos entender qué podíamos hacer desde lo que nosotros sabemos hacer», declaró a la AFP. La respuesta fue coser.

Las 22 costureras del taller guardaron la seda, el lino, el tafetán y el algodón. Tomaron polietileno de alta densidad de 500 micras y una tela con antifluidos con revestimiento para fabricar bolsas mortuorias de tres metros de largo por 90 centímetros de ancho. Al lado de los maniquíes, las bolsas negras envueltas en plástico llevan pegada una estampa del Sagrado Corazón de Jesús.

Grismary Villegas, costurera de 21 años que trabaja en el taller desde los 17, describió el impacto del cambio: «La verdad fue fuerte cuando nos dieron la noticia de lo que íbamos a hacer. Pero a la vez sentimos que estamos haciendo un bien». Villegas sigue los pasos de su abuela y su tía, también costureras, y espera que «no se necesiten más, que no haya más tragedias».

Hasta el lunes, el taller había confeccionado 1.000 bolsas. La mitad fue donada al servicio nacional de medicina y ciencias forenses en Caracas; el resto, directamente a rescatistas y familiares de fallecidos. La producción escaló de 48 bolsas diarias en los primeros tres días a 200 bolsas diarias en la última semana, según explicó Mogollón.

Carlos Solórzano, voluntario de 44 años que presta auxilio desde el tercer día en los escombros de edificios de vivienda social en La Guaira, valoró el aporte: «No podemos decir que es bueno. Pero sí te digo una cosa, es útil para poder ayudar a la familia».

Mogollón identificó además otra necesidad en los albergues: lonas para cubrir el piso y el techo de las carpas donde duermen miles de damnificados, para protegerlos del frío y la lluvia.

La historia de este taller ilustra un principio que el libre mercado conoce bien: cuando el Estado no cubre una necesidad —o tarda en hacerlo—, la iniciativa privada y la sociedad civil llenan el vacío con mayor velocidad y precisión. Mogollón no esperó instrucciones ni subsidios; evaluó sus recursos, su equipo y sus capacidades, y actuó. Eso es capital humano y emprendimiento en su forma más elemental. En medio de una catástrofe que el gobierno venezolano gestiona con opacidad —evitando cifras de desaparecidos y recurriendo a soluciones improvisadas—, un taller de moda demostró que la flexibilidad productiva y la vocación de servicio no requieren aparato burocrático.

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