El mercado laboral argentino perdió aproximadamente un millón de puestos de trabajo asalariados en la última década, y cerca de la mitad de esa caída se concentró en los últimos dos o tres años. La advertencia proviene de Agustín Salvia, director del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA), quien describió el fenómeno como un proceso de precarización estructural que los indicadores tradicionales de empleo no capturan en su totalidad.
Según el relevamiento del Observatorio, el 29% de quienes pierden su empleo termina incorporándose al autoempleo informal. Salvia lo explicó con precisión: «En situación de desempleo, la opción disponible es pasar a un autoempleo informal. No tenés un empleo formal asalariado disponible, entonces la primera reacción que tenés es pasar a un rebusque».
El investigador distinguió dos segmentos dentro del crecimiento del trabajo independiente. Por un lado, un grupo minoritario de técnicos y profesionales que opta voluntariamente por la independencia formal, vinculado a la economía del conocimiento y los servicios digitales. Por otro, una mayoría que migra hacia servicios personales, tareas de mantenimiento, producción domiciliaria y comercialización informal de baja productividad.
En ese contexto, Salvia relativizó el peso de los empleos en plataformas digitales dentro del debate público. Ese segmento representa entre el 6% y el 7% de la fuerza laboral, y buena parte de esos trabajadores tampoco cuenta con protección social. «En Argentina, el nivel de subregistración o no registración es el más alto», señaló. El núcleo más crítico sigue siendo el trabajo marginal tradicional: «El vendedor ambulante, el limpiavidrios, el trabajador que hace changas constituye el 25, 30% de la fuerza de trabajo en Argentina. Esa Argentina sigue produciendo pobreza estructural».
A ese cuadro se suma un problema de endeudamiento. Los trabajadores de aplicaciones acumulan, en promedio, deudas de novecientos mil pesos con sus propias plataformas para financiar o reparar sus herramientas de trabajo. Salvia atribuyó parte de ese endeudamiento a las expectativas generadas hacia fines de 2024: «La gente se endeudó porque pensó que 2025 iba a ser un año extraordinario. Pero lo que vino después se fue para abajo».
Los datos de la UCA confirman lo que el mercado laboral viene señalando con claridad: una economía que no genera suficiente empleo registrado de calidad termina empujando a su fuerza de trabajo hacia la subsistencia. El autoempleo informal no es emprendimiento; es el síntoma de un aparato productivo que no logra absorber la oferta laboral disponible. La recuperación genuina del empleo formal exige reducir la carga regulatoria y fiscal que encarece contratar en blanco, no ampliar subsidios que perpetúan la trampa de la informalidad. Mientras el costo de la formalidad siga siendo prohibitivo para las pequeñas empresas, el rebusque seguirá siendo la única salida disponible para millones de argentinos.


