El presidente Donald Trump presentó este miércoles un plan de 22,000 millones de dólares para reformar el Aeropuerto Internacional de Dulles (IAD), la principal puerta de entrada internacional de Washington, bajo su supervisión directa.
«El aeropuerto de Dulles es considerado uno de los peores del mundo, pero lo convertiremos quizás en el mejor, con un poco de trabajo duro», declaró Trump durante la presentación en el Despacho Oval, acompañado por el secretario de Transportes, Sean Duffy.
El proyecto contempla la construcción de nuevas terminales, un nuevo garaje y grandes ventanales de cristal con ornamentos dorados. El elemento más comentado por los usuarios —los autobuses de enlace entre terminales— desaparecerá: serán sustituidos por trenes subterráneos. En noviembre pasado, dieciocho pasajeros resultaron heridos cuando uno de esos autobuses chocó contra una estructura del aeropuerto, episodio que reforzó las críticas al sistema actual.
United Airlines, que opera Dulles como uno de sus principales centros de conexiones, ya aceptó contribuir a la financiación de una parte del proyecto. El resto del esquema financiero no fue detallado en el anuncio.
El IAD, situado a unos cuarenta kilómetros del centro de Washington, fue diseñado por el arquitecto finlandés Eero Saarinen y abrió al tráfico comercial en 1962. Su terminal principal es considerada una obra representativa del modernismo de mediados del siglo XX. La renovación convive con otras iniciativas del mandatario para dejar huella en la capital: la construcción de un gran salón de baile en la Casa Blanca y de un arco del triunfo forman parte del mismo impulso.
Un congresista republicano propuso el año pasado rebautizar el aeropuerto —dedicado al exsecretario de Estado John Foster Dulles— con el nombre de Trump, pero la iniciativa no ha prosperado.
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Desde la línea editorial de Ágora Capital, el anuncio merece dos lecturas. La primera es de infraestructura pura: un aeropuerto que opera con autobuses de enlace en 2025 —y que acumuló un accidente con dieciocho heridos— es un lastre para la productividad del corredor Washington-mundo. Modernizarlo tiene retorno medible en tiempo de conexión, capacidad de carga y competitividad del hub.
La segunda lectura es de modelo: la participación confirmada de United Airlines como co-financiador apunta a un esquema de inversión privada que reduce la carga directa sobre el contribuyente federal. Ese es el ángulo que importa. Si el capital privado entra con riesgo real —no con garantías estatales encubiertas— el proyecto puede ser un ejemplo de cómo renovar infraestructura sin convertirla en gasto público puro. Los detalles del reparto financiero, aún pendientes, serán la prueba de fuego.


