Desde el doblete sísmico del 24 de junio, Caracas opera en una dimensión nueva: edificios sin ascensores, cocinas sin gas y más de 1.200 réplicas registradas por Funvisis. La ONU cifra en casi 7 millones las personas afectadas en Venezuela. El número es descomunal; la respuesta institucional, desigual.
El sistema que hoy ordena la vida de los caraqueños es un semáforo de colores. La Alcaldía de Chacao —descrita por los propios vecinos como la única de las cinco alcaldías capitalinas que respondió desde el primer día— impulsó un esquema de etiquetas para los edificios: roja significa que la estructura está comprometida y puede requerir demolición; amarilla exige reparaciones mayores; verde autoriza la habitabilidad, aunque obliga a subir a pie ocho, doce o dieciocho pisos mientras los ascensores permanecen fuera de servicio por orden de los Bomberos de Caracas y el Ministerio de Relaciones Interiores.
El gas tampoco está disponible para miles de residentes. Los enlatados y las llamadas «balas frías» —perros calientes, cachitos, empanadas, restaurantes chinos de barrio— se convirtieron en el menú de una ciudad que no puede cocinar. No todo está abierto: algunos locales operan a medias, con el ruido de las retroexcavadoras removiendo escombros a metros de distancia.
El costo humano va más allá de la infraestructura. Carolina Carrillo, docente del Postgrado de Psiquiatría de la Universidad Central de Venezuela, confirma un incremento en la asistencia a consulta desde los sismos, aunque aún no hay cifra oficial. Según Carrillo, «hay pacientes con antecedentes de depresión y ansiedad que, a partir de estos eventos, están sufriendo recaídas». El trastorno más frecuente entre quienes no perdieron bienes materiales significativos es la reacción al estrés agudo: insomnio, hipervigilancia, sensación de amenaza permanente y miedo a una nueva sacudida.
Las historias individuales dibujan la magnitud: una mujer que trabaja en centros de acopio escaneando órdenes humanitarias mientras su propia casa en el centro quedó inhabitable; un fotógrafo que duerme en casa de su madre para aliviar la ansiedad de ir a La Guaira a trabajar; una pareja que repara la habitación que había terminado tres días antes del sismo. Y un apartamento en La Guaira que se desplomó antes de que su dueño pudiera volver a ver el mar desde la ventana.
La lectura de Ágora Capital es directa. Lo que Caracas exhibe hoy no es solo el daño de un fenómeno natural: es el colapso de décadas de desinversión en infraestructura pública, la fragilidad de un Estado que no puede garantizar servicios básicos ni en la normalidad, mucho menos en la emergencia. El contraste entre la Alcaldía de Chacao —gestionada con criterios de eficiencia y respuesta inmediata— y el silencio de las otras cuatro alcaldías capitalinas dice todo lo que hay que saber sobre qué modelo de gestión protege la vida y la propiedad de los ciudadanos. Capital y orden institucional no son lujos: son la diferencia entre una ciudad que se recupera y una que simplemente sobrevive.


