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Robó USD 17,3 millones en 1997, huyó a México con USD 50 mil y sus socios contrataron un sicario para silenciarlo

El atraco a Loomis Fargo en Carolina del Norte sigue siendo el segundo mayor robo de dinero en efectivo de la historia de Estados Unidos. La torpeza de los cómplices, no la eficacia del Estado, lo derrumbó.
Imagen ilustrativa
viernes 17 de julio de 2026

En la noche del 4 de octubre de 1997, David Ghantt, supervisor de la caja fuerte de Loomis Fargo en Carolina del Norte y veterano de la Guerra del Golfo, ejecutó uno de los robos más sonados de la historia estadounidense. Junto a un grupo de cómplices, sustrajo USD 17,3 millones en efectivo, posicionando el golpe como el segundo mayor robo de dinero en efectivo registrado en Estados Unidos hasta ese momento.

El detonante, según el propio Ghantt, fue el agotamiento. «Trabajaba a veces entre 75 y 80 horas a la semana, ni siquiera tenía una vida familiar normal porque nunca estaba en casa», declaró en testimonios recogidos por All That Interesting. Su salario apenas superaba los ocho dólares por hora. El hartazgo laboral, combinado con su relación con la exempleada Kelly Campbell y la influencia de Steve Chambers —un conocido de Campbell con antecedentes delictivos—, transformó una broma de oficina en un plan concreto.

El esquema era simple: Ghantt aprovecharía su acceso privilegiado a la bóveda, despediría a un empleado tras su turno, desactivaría las cámaras de seguridad y sus cómplices cargarían una camioneta con el efectivo. Lo que no calcularon fue el peso: más de 1.270 kilogramos de billetes que Ghantt movió solo, según Oxygen True Crime. La camioneta llegó a su límite y parte del botín tuvo que dejarse atrás.

Ghantt huyó a Cozumel, México, con USD 50.000 —el máximo para cruzar fronteras sin levantar sospechas—. El acuerdo con Chambers y Campbell era que le enviarían su parte progresivamente. Nunca cumplieron.

Los errores se acumularon desde la primera noche. Ghantt desactivó solo dos de las tres cámaras de seguridad. La tercera lo captó bailando tras cargar el dinero, imágenes que facilitaron su identificación. En menos de dos días, la policía recuperó la camioneta con tres millones de dólares en efectivo y las grabaciones en su interior.

Del lado de los cómplices, la discreción brilló por su ausencia. Steve Chambers y su esposa Michelle se mudaron a una mansión y realizaron pagos en efectivo por vehículos de lujo. Los fajos de billetes aún llevaban los envoltorios de Loomis Fargo, lo que alertó al personal bancario y desencadenó una denuncia formal. El FBI y una red de informantes aceleraron la investigación. «Supe que se había acabado entonces», reconoció Ghantt al enterarse de la intervención federal, según Oxygen True Crime.

Cuando Ghantt comenzó a quedarse sin fondos en México y exigió su parte, Chambers optó por una solución radical: contrató un sicario para eliminarlo. El encargo no se concretó.

El caso inspiró películas y fascinó durante décadas por la acumulación de errores garrafales de sus protagonistas. Desde Ágora Capital, el episodio ilustra algo más elemental: el crimen organizado sin disciplina financiera colapsa por las mismas razones que cualquier empresa mal gestionada. El gasto ostentoso, la falta de reservas y la traición entre socios destruyeron en días lo que tomó meses planear. El mercado —incluso el ilegal— penaliza la indisciplina sin excepciones.

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