El Metro de Caracas tiene nuevo presidente. El ingeniero Yoel Amaya asumió la conducción de la empresa estatal luego del fallecimiento de Carlos Silva, quien murió a consecuencia de los terremotos registrados el pasado 24 de junio en La Guaira.
La designación fue oficializada mediante la Gaceta Oficial N.º 43.413, a través del Decreto N.º 5.383, firmado por Delcy Rodríguez. El propio Metro de Caracas difundió la noticia a través de un mensaje publicado en Telegram.
Carlos Silva presidía la compañía cuando los sismos golpearon principalmente a La Guaira. Su muerte dejó acéfala una de las empresas estratégicas del Estado venezolano en un momento de particular presión operativa, dado el contexto de emergencia nacional declarado tras los terremotos.
El nombramiento de Amaya se inscribe en lo que el propio régimen describe como un proceso de reorganización institucional impulsado a raíz de esa emergencia. La velocidad del movimiento —concretado por decreto en cuestión de semanas— refleja la lógica de gestión centralizada que caracteriza a las empresas públicas venezolanas: los cambios de conducción no pasan por consejos de administración independientes ni por procesos de selección abiertos, sino por la firma de un funcionario del Ejecutivo.
El Metro de Caracas es uno de los activos de infraestructura más visibles del país. Su estado de deterioro ha sido documentado durante años por usuarios y técnicos: fallas eléctricas recurrentes, flota reducida y mantenimiento deficiente son el saldo de décadas de gestión estatal sin rendición de cuentas real ni inversión privada.
Desde la perspectiva del libre mercado, el episodio subraya un problema estructural: cuando el Estado monopoliza servicios esenciales, la continuidad operativa queda atada a la voluntad política de turno. No hay accionistas que exijan resultados, no hay competencia que discipline la gestión y no hay usuario con capacidad real de migrar a una alternativa. El contribuyente —o en este caso el ciudadano cautivo del sistema— absorbe los costos sin mecanismo de salida.
El mercado, en este caso, no puede votar. Y esa es, precisamente, la raíz del problema.


