Las exportaciones peruanas cerraron 2025 en US$ 93,078 millones, un crecimiento interanual del 21,8 % sostenido por el alza de precios del cobre y el oro. Entre enero y mayo de 2026 ya superaron los US$ 45,000 millones, lo que sustenta proyecciones de cruzar por primera vez la barrera de los US$ 120,000 millones al cierre del año.
China se consolidó como el principal destino, con compras por US$ 32,628 millones en 2025, un salto del 30,1 % interanual. El mercado asiático concentra el 36,2 % del total exportado; el sector minero explica aproximadamente el 90 % de esos envíos, equivalente a US$ 29,324 millones. Estados Unidos, segundo socio comercial, recibió US$ 10,148 millones, con un avance del 6,4 %, y se mantiene como el destino principal de productos no tradicionales: frutas frescas, café, cacao, prendas de vestir y productos pesqueros.
La posición geopolítica del Perú es privilegiada. Con TLC vigentes con ambas potencias y la consolidación del megapuerto de Chancay —que reduce tiempos de navegación hacia Asia-Pacífico—, el país se presenta como una plataforma logística de primer orden en Sudamérica. Las autoridades promueven además nuevos proyectos portuarios para inversores estadounidenses como contrapeso a la presencia china en infraestructura y energía.
Sin embargo, los números no cuentan la historia completa. La fuente identifica al menos cuatro cuellos de botella estructurales que alejan al Perú del siguiente escalón inversor: conectividad interna deficiente entre zonas mineras y agrícolas del interior y los puertos costeros; demoras en permisos ambientales y licencias de construcción; capacidad energética insuficiente para industrias de alta tecnología; y escasez de técnicos e ingenieros para operar sistemas de robótica e inteligencia artificial. El Banco Central de Reserva mantiene credibilidad y al sol como una de las monedas más estables de la región, pero la predictibilidad institucional sigue siendo una asignatura pendiente en medio del ruido político crónico.
Desde la perspectiva de Ágora Capital, los datos son elocuentes: el mercado ya votó a favor del Perú con flujos récord, pero el Estado no ha terminado de ponerse a la altura. Reglas de juego claras, respeto por los contratos y una burocracia más delgada no son aspiraciones abstractas; son la diferencia entre retener capital de largo plazo o ver cómo ese capital migra a jurisdicciones con menos trámites y más certeza. El Puerto de Chancay puede ser la mejor puerta de salida de Sudamérica; de poco sirve si el camino desde la mina hasta el muelle sigue siendo un laberinto de permisos y carreteras rotas. La oportunidad existe. Aprovecharla depende menos del precio del cobre y más de decisiones políticas que el mercado lleva tiempo esperando.


