El auge de los centros de datos de inteligencia artificial está forzando inversiones masivas en infraestructura eléctrica, y la pregunta que nadie quiere responder en voz alta es quién paga la cuenta. La respuesta, hasta hace poco, solía ser el consumidor.
La mecánica es conocida en el sector: una empresa tecnológica presenta una solicitud de suministro, la compañía eléctrica compromete subestaciones, líneas de alta tensión y, en algunos casos, nueva generación, todo antes de que se instale el primer rack de servidores. Si el proyecto se demora, se reduce o se cancela, el costo ya está enterrado en el suelo. Eso se llama «costo varado», y dependiendo de lo que permitan los reguladores, termina en la tarifa general, es decir, en el recibo de luz de hogares y empresas.
Un estudio de 2026 elaborado por investigadores de NC State, Carnegie Mellon y otras instituciones modeló el impacto de la demanda de centros de datos y criptomonedas sobre los precios mayoristas de electricidad hacia 2030. Los resultados son llamativos: en sus escenarios, los precios mayoristas ponderados por demanda subieron entre un 6% y un 29% a nivel nacional, y hasta un 57% en las regiones más afectadas, frente a un futuro sin ese crecimiento. Son precios mayoristas modelados, no facturas residenciales, pero la cadena de transmisión al consumidor final existe y depende del diseño tarifario de cada mercado.
Dos estados decidieron actuar antes de que el problema se vuelva irreversible.
Ohio aprobó en julio de 2025 una tarifa específica para centros de datos de al menos 25 megavatios. Las condiciones son exigentes: el operador debe pagar la mayor parte de la capacidad reservada aunque no la utilice, comprometerse durante el período de rampa de carga más al menos ocho años, presentar garantías si su calificación crediticia es débil, y reembolsar la construcción o pagar una penalización por salida anticipada. AEP, la eléctrica involucrada, reporta que más de 30 gigavatios de interés preliminar se redujeron a unos 13 gigavatios que pagaron estudios de ingeniería y a 5,6 gigavatios firmados bajo la nueva tarifa. El filtro funcionó: cuando hubo dinero real de por medio, la demanda especulativa se evaporó.
No todo el mundo aplaude. La Ohio Manufacturers' Association apeló la tarifa. Su presidente, Ryan Augsburger, resumió la preocupación así: «a los clientes se les pide pagar por un futuro que quizás nunca llegue».
Virginia, que alberga la mayor concentración de centros de datos del país, adoptó un esquema similar. Su nueva clase tarifaria GS-5, efectiva desde enero de 2027, aplica a clientes que demanden al menos 25 megavatios. Los nuevos clientes deben comprometerse por un mínimo de 14 años y pagar al menos el 85% de la demanda contratada de transmisión y distribución, y el 60% de la generación, se use o no. La lógica es idéntica a la de Ohio: que el gran consumidor cargue con el costo de la capacidad que exige, en lugar de que los demás usuarios subsidien la opción de un hiperescalador de «tal vez construir».
Desde la perspectiva de Ágora Capital, el principio que está en juego es elemental: quien genera el costo debe internalizarlo. Durante años, la burocracia regulatoria permitió que las decisiones especulativas de corporaciones tecnológicas se socializaran en la tarifa de millones de hogares y pymes. Ohio y Virginia están corrigiendo ese incentivo perverso con herramientas de mercado: compromisos, garantías y penalizaciones por incumplimiento. Es libre empresa aplicada al revés de como suele usarse el término: no para proteger al operador, sino para que el capital asuma el riesgo que produce. El contribuyente no debería financiar la hoja de ruta de expansión de ningún hiperescalador.


