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México pierde terreno en nearshoring mientras la incertidumbre regulatoria eleva la prima de riesgo

La ventaja geográfica y manufacturera de México no alcanza si las reglas del juego cambian con frecuencia. Capital busca certeza, y hoy otros mercados la ofrecen mejor.
Imagen ilustrativa
miércoles 22 de julio de 2026

Durante décadas, México construyó su competitividad sobre pilares que parecían sólidos: cercanía con Estados Unidos, costos laborales competitivos y una red de tratados comerciales que lo integraban a las cadenas globales de valor. Ese modelo funcionó. El país se consolidó como uno de los principales destinos de inversión extranjera directa en América Latina.

Pero el entorno cambió. Según un análisis de la Directora de Análisis Económico, Cambiario y Bursátil de Grupo Financiero Monex, publicado en El Financiero, la ventaja competitiva ya no depende únicamente de producir más barato o de la proximidad al mercado estadounidense. En una economía global marcada por tensiones geopolíticas y rivalidad entre potencias, «la certidumbre se ha convertido en un activo económico de primer orden».

El argumento tiene sustento concreto. Las empresas toman decisiones de inversión con horizontes de diez, veinte o más años. Una planta automotriz o una fábrica de semiconductores representan compromisos multimillonarios cuya rentabilidad depende de la estabilidad de las reglas. Cuando esa estabilidad se erosiona, los proyectos no se cancelan de inmediato: se posponen, se redimensionan o se trasladan a mercados con menor riesgo regulatorio.

Un factor adicional complica el panorama. La decisión de Estados Unidos de sustituir el esquema de revisión sexenal del T-MEC por evaluaciones anuales introduce un nuevo elemento de incertidumbre. Aunque el tratado sigue vigente y sus beneficios permanecen intactos, la posibilidad de revisiones frecuentes modifica la percepción de riesgo de los inversionistas. No es el contenido de las reglas lo que preocupa, sino la expectativa de que puedan cambiar con mayor regularidad.

Esto ocurre en un momento crítico. El fenómeno del nearshoring colocó a México en una posición privilegiada tras la pandemia, las disrupciones logísticas y las tensiones comerciales entre Washington y Beijing. Sin embargo, según el análisis, «el nearshoring nunca fue una oportunidad garantizada». Depende de infraestructura, energía, seguridad pública, capital humano, eficiencia logística y confianza institucional, condiciones que México no ha consolidado de manera uniforme.

Las decisiones recientes de algunas empresas internacionales de reorientar inversiones hacia Estados Unidos confirman que la competencia por el capital es cada vez más intensa. Gobiernos rivales ofrecen incentivos fiscales, subsidios y programas de apoyo a la manufactura estratégica. En ese contexto, las ventajas tradicionales de México ya no son suficientes para asegurar nuevas inversiones por sí solas.

La respuesta, según el análisis, no pasa por competir con subsidios cada vez más costosos para el erario. La principal ventaja que México puede ofrecer es «un entorno de negocios predecible, instituciones sólidas y reglas claras que trasciendan los ciclos políticos».

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Desde Ágora Capital, el diagnóstico es preciso y el problema es político. México no carece de geografía ni de talento manufacturero; carece de la consistencia institucional que el capital de largo plazo exige. Cada revisión anual del T-MEC, cada señal de intervención regulatoria o cada episodio de inseguridad jurídica se traduce en una prima de riesgo que encarece el financiamiento y aleja proyectos. La certidumbre no es un lujo ideológico: es el precio de entrada al mercado global de inversión. Mientras el aparato estatal no entienda que las reglas predecibles valen más que cualquier subsidio, México seguirá mirando cómo el nearshoring aterriza en otro aeropuerto.

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