La Secretaría de Economía dio a conocer el acuerdo formal con la start-up aeronáutica francesa Flying Whales para el intercambio de información estratégica y la colaboración en su plan de trabajo en México.
En una reunión entre Marcelo Ebrard, secretario de Economía, y Sébastien Bougon, presidente de Flying Whales, se informó la intención de abrir tres bases de manufactura de dirigibles y una escuela de pilotos en el país.
La dependencia federal señaló una posible inversión de 300 millones de dólares durante los próximos tres años, con la posibilidad de generar 300 empleos locales.
Ebrard dijo en X que los dirigibles servirán para mover apoyo en emergencias y equipo de salud a sitios remotos, y los presentó como una «innovación franco-canadiense» a la que se suma México.
Bougon, por su parte, elogió al país por sus numerosos obstáculos geográficos y reiteró la intención de desplegar instalaciones industriales, aerogeneradores y torres de alta tensión. También dijo que la empresa contribuirá a la estrategia de descarbonización de México y que desarrolla un hospital móvil.
Flying Whales se dedica al desarrollo de soluciones de transporte aéreo para carga pesada, con un enfoque en dirigibles. La empresa dice que con ello disminuye costos de infraestructura logística en regiones de difícil acceso y reduce el impacto ambiental.
El anuncio coloca a México dentro de una apuesta tecnológica poco convencional, pero el punto de fondo es otro: dinero, empleo y logística dependen de que el proyecto aterrice de verdad. Cuando la iniciativa privada asume el riesgo y el gobierno limita su papel a dar certidumbre, el capital fluye con mayor claridad.
Aquí, en cambio, el Estado aparece como socio político del proyecto. Si las promesas de inversión y puestos de trabajo se concretan, habrá un beneficio tangible. Si no, quedará otro anuncio con cifras grandes y resultados por demostrar. Capital busca reglas claras, no solo presentaciones atractivas.


