Colombia cruzó en 2026 un umbral que los analistas energéticos venían advirtiendo: las importaciones de gas licuado de petróleo (GLP) representaron el 51,7% de la oferta nacional, con un promedio mensual de 34.102 toneladas, superando por primera vez la producción doméstica. El dato proviene de Sergio Cabrales, profesor y consultor del sector minero-energético.
La velocidad del deterioro es lo que más alarma. En 2024 las importaciones cubrían el 23,9% de la oferta; en 2025 saltaron al 39,9%; en 2026 ya sobrepasaron la mitad. Tres años, un cambio estructural.
Yacimientos en declive, demanda en alza
Según Cabrales, la caída de la producción nacional está asociada a la declinación de yacimientos clave de gas natural húmedo: Apía, Cusiana, Cupiagua y Dina. Menos gas húmedo significa menos GLP de origen colombiano disponible para el mercado interno.
Al mismo tiempo, el consumo no se detuvo. Entre enero y abril de 2026 el consumo de GLP creció 18,7% frente al promedio de 2025. El motor principal fue el sector industrial, que sustituyó gas natural por GLP ante restricciones de disponibilidad del energético en algunas regiones. Cuando un insumo escasea, la industria busca alternativas; en este caso, esa alternativa llegó en barco.
Exposición al mercado internacional
Dependencia externa significa dos riesgos concretos: volatilidad de precios y riesgo de suministro. Cualquier tensión en los mercados globales de GLP —un invierno europeo severo, disrupciones logísticas, variaciones en la producción de Medio Oriente— se traslada directamente a la disponibilidad y al costo del combustible en Colombia. El país perdió el colchón que ofrecía la producción propia.
Cabrales señala que la solución de fondo pasa por impulsar la exploración y el desarrollo de nuevas fuentes de gas natural que permitan recuperar producción nacional de GLP y reducir la exposición externa.
La lectura de Ágora Capital
Este es el resultado predecible de años de desincentivo a la exploración de hidrocarburos bajo el gobierno de Gustavo Petro. Cuando el aparato estatal frena la inversión privada en el upstream energético —con señales regulatorias hostiles, demoras en licencias y un discurso que criminaliza los combustibles fósiles— los yacimientos envejecen sin reemplazo y el mercado termina comprando afuera lo que pudo producir adentro. El costo lo paga la industria colombiana en forma de mayor factura energética y menor competitividad.
Capital busca reglas claras. Sin un marco que garantice retorno a quienes exploran y producen, Colombia seguirá cediendo soberanía energética al mercado spot internacional. El 51,7% de hoy puede ser el 70% de mañana.


