El representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, declaró que uno de sus objetivos en la revisión del T-MEC es reducir el déficit comercial que su país mantiene con México y Canadá, y aseguró que está dispuesto a usar aranceles para lograrlo. La declaración reabre un debate que la economía mainstream cerró hace dos siglos.
El error del diagnóstico
Carlos Serrano Herrera, en su columna publicada en El Financiero, señala al menos dos fallas en el razonamiento de Greer. La primera: un déficit comercial no es señal de debilidad ni de abuso. «El que dos países comercien les permite explotar sus ventajas comparativas, con beneficios para ambos», escribe Serrano, citando a David Ricardo. La segunda falla es suponer que los aranceles eliminan ese déficit.
El argumento tiene respaldo empírico reciente. Según la columna, el año pasado Estados Unidos impuso aranceles a prácticamente todo el mundo y «su déficit comercial no se redujo en nada». La razón estructural: Estados Unidos invierte más de lo que ahorra. Para reducir el déficit externo, el camino es reducir el déficit fiscal, no encarecer importaciones.
Lo que los números ya dijeron
Estados Unidos ha registrado déficit comercial durante los últimos 20 años y, en ese mismo periodo, ha sido la economía avanzada grande de mayor crecimiento. Alemania y Japón, economías con superávit comercial persistente, muestran resultados relativos inferiores. El mercantilismo, en los hechos, no encuentra soporte en la evidencia.
Serrano agrega un matiz relevante: importar más volumen no implica ganar menos. Un país puede exportar bienes de mayor valor agregado con menor estructura de costos y obtener más utilidades, mientras importa bienes de menor valor en mayor cantidad. El balance comercial, por sí solo, no mide rentabilidad del intercambio.
El riesgo para el T-MEC
Lo que está en juego no es solo la retórica. Si Washington entra a la mesa de revisión del T-MEC con la premisa de que el déficit es el problema a resolver, cualquier instrumento que proponga —cuotas, aranceles, reglas de origen más restrictivas— partirá de un diagnóstico errado y producirá soluciones igualmente erradas. Se arriesgan, según Serrano, «los beneficios reales que el tratado ha traído a la región: inversión, integración productiva, creación de empleo».
México, apunta la columna, debería llevar a la mesa evidencia de que sus cadenas de valor contribuyen a la productividad de la economía estadounidense, no la erosionan.
La lectura de Ágora Capital
El libre comercio no necesita defensa ideológica: la tiene empírica. Cuando un funcionario de la mayor economía del mundo convierte el balance comercial en un marcador de victoria o derrota, el costo lo pagan los consumidores —vía precios más altos— y las cadenas productivas integradas que tardaron décadas en construirse. Los aranceles son un impuesto que recae sobre quien compra, no sobre quien vende.
Capital busca reglas claras, no scorecards mercantilistas. La revisión del T-MEC es una oportunidad para profundizar la integración de América del Norte; convertirla en un ejercicio de contabilidad bilateral sería desperdiciarla.


