El mercado de combustibles en Perú registra una dispersión de precios que alcanza hasta seis soles por galón entre distintos distritos de Lima y las regiones del interior, según datos publicados el 18 de julio de 2026.
El gasohol regular fluctúa entre S/ 15,98 y S/ 21,49 por galón solo en la capital. En San Juan de Lurigancho el precio inicia en S/ 16,15; en Villa El Salvador, en S/ 17,09; y en Los Olivos desciende hasta S/ 15,70. En provincias como Cusco e Ica los valores pueden ser aún más altos.
Cuatro factores, uno fiscal
Detrás de esa brecha conviven cuatro variables: la cotización internacional del petróleo, los impuestos nacionales —Impuesto Selectivo al Consumo (ISC) e Impuesto General a las Ventas (IGV)—, los costos logísticos de distribución desde puertos y refinerías, y los márgenes de cada estación de servicio.
Dos de esos cuatro factores son decisiones del Estado. El ISC y el IGV no responden al mercado global; son cargas fijas que el aparato estatal impone sobre cada galón, independientemente de lo que ocurra en los mercados de crudo. Cuando el precio internacional sube, el impuesto porcentual sube con él; cuando baja, el fisco retiene parte del alivio.
Herramienta de mercado frente a la opacidad
La plataforma Facilito, gestionada por Osinergmin, permite consultar precios actualizados por distrito, tipo de combustible y estación de servicio. Su existencia es una señal de que la competencia funciona donde se le deja espacio: los distritos con mayor densidad de grifos muestran precios más bajos, lo que confirma que la rivalidad entre privados beneficia al consumidor más que cualquier intervención tarifaria.
Contexto externo e incertidumbre
En el plano internacional, la volatilidad en Oriente Medio, las restricciones en la exportación de diésel desde Rusia y el nivel de reservas globales mantienen la incertidumbre sobre la evolución de los precios energéticos. Las proyecciones macroeconómicas estiman el precio en torno a 3,07 dólares por galón al cierre del trimestre, según modelos citados por las fuentes.
El encarecimiento del combustible presiona los costos operativos del transporte público y de mercancías, y ese incremento se traslada, en última instancia, al precio final de bienes y servicios que pagan todos los peruanos.
Lectura editorial
Los números son claros: allí donde compiten más grifos, el precio cae. La dispersión de hasta seis soles no es un fallo del mercado; es la huella de una estructura fiscal rígida y de costos logísticos que el Estado no ha resuelto con infraestructura sino con regulación. Reducir la presión del ISC en contextos de volatilidad externa sería la palanca más directa para aliviar al transportista y, por extensión, a la cadena de precios. Capital busca reglas claras; el consumidor peruano busca, por ahora, el grifo más barato del distrito.


