El estrecho de Ormuz, por donde transita una fracción decisiva del petróleo mundial, se convirtió esta semana en el epicentro de una escalada militar sin precedentes recientes. Francia salió al frente con una posición inequívoca: cero tolerancia a peajes, bloqueos o cualquier forma de control unilateral sobre esa vía marítima.
«Nos oponemos de manera tajante a cualquier forma de obstáculo, peaje o chantaje en el estrecho de Ormuz y en todos los estrechos del mundo», declaró el ministro francés de Exteriores, Jean-Noël Barrot. El funcionario responsabilizó a Irán por el repunte de la violencia y exigió el fin del ciclo de represalias para reanudar las conversaciones.
La navegación en el estrecho solo logró restaurarse a la mitad del nivel previo al conflicto, según las condiciones impuestas por Teherán, que exige que los buques transiten únicamente bajo su autorización. Las autoridades iraníes reiteraron que los extranjeros «no tienen intereses legítimos» en el paso marítimo.
París no se quedó en la declaración: comenzó a trabajar en rutas alternativas, con Siria como opción más avanzada tras la reciente firma de acuerdos bilaterales entre ambos países.
En paralelo, el Comando Central de Estados Unidos informó —vía X— que lanzó ataques contra cerca de 90 objetivos el miércoles, un día después de haber alcanzado 80 blancos, con el objetivo de degradar la capacidad iraní de atacar embarcaciones comerciales. Un funcionario del Departamento de Defensa precisó que los misiles y drones iraníes en respuesta no provocaron daños importantes ni heridos entre el personal estadounidense.
La Guardia Revolucionaria iraní, por su parte, reivindicó ataques contra instalaciones estadounidenses en Kuwait y Baréin, y sostuvo que la intervención de Washington agrava el tráfico en el estrecho y retrasa su reapertura total.
Desde el Air Force One, el presidente Donald Trump fue categórico: «Cada vez que nos golpeen, nosotros golpearemos 20». Ante la pregunta de si ambos países se dirigen a una guerra total, respondió: «No lo sé. Ganaríamos muy rápido. Tenemos muchas formas de ganar».
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Los mercados energéticos ya están leyendo el riesgo: la mitad del tráfico bloqueado en una arteria que mueve una porción sustancial del crudo global es suficiente para mantener la prima de riesgo geopolítico elevada. Ormuz no es solo una ruta; es el cuello de botella que determina el precio del petróleo para medio planeta.
Lo que está en juego va más allá de la tensión militar. Un régimen que exige cobrar peaje sobre un bien común de la humanidad —como lo llamó Barrot— ataca directamente el principio de libertad de navegación sobre el que descansa el comercio internacional. Capital busca reglas claras, y ningún inversor en energía puede planificar con un estrecho controlado por decreto revolucionario. La búsqueda francesa de rutas alternativas es, en ese sentido, la respuesta correcta del mercado ante la captura de infraestructura crítica por parte de un Estado que usa la geografía como arma.


