Steve Forbes, en una columna publicada este lunes, lanzó una propuesta concreta al presidente Donald Trump: ordenar al Departamento del Tesoro que emita una resolución fiscal para indexar el impuesto a las ganancias de capital a la inflación. El argumento central es tan sencillo como políticamente potente.
Si un inversor compra una acción a 100 dólares y la vende diez años después a 200 dólares, tributa sobre una ganancia de 100 dólares. Pero si la inflación duplicó los precios en ese mismo período, la ganancia real es cero. Pagar impuestos sobre ese diferencial nominal equivale, según Forbes, a gravar una ganancia ficticia. El dinero del contribuyente se evapora sin que haya habido enriquecimiento real.
Forbes recuerda que la indexación no es un concepto ajeno al sistema fiscal estadounidense: las prestaciones del Seguro Social y los tramos del impuesto sobre la renta ya se ajustan anualmente al índice de precios al consumidor. Extender ese principio a las ganancias de capital sería, en su lectura, una cuestión de equidad básica. Añade que existe incluso un argumento constitucional: la cláusula de expropiación de la Constitución prohíbe al gobierno apropiarse de propiedad privada sin compensación justa.
El alcance potencial es enorme. Forbes cita estimaciones que sitúan las ganancias de capital no realizadas en activos de particulares en decenas de billones de dólares. Hay aproximadamente 88 millones de viviendas ocupadas por sus propietarios en Estados Unidos, más millones de pequeñas empresas, granjas y ranchos, y decenas de millones de personas que poseen acciones directamente.
Lejos de ser un regalo fiscal sin contrapartida presupuestaria, Forbes invoca el historial del propio impuesto: cada vez que se ha reducido la tasa de ganancias de capital, la recaudación ha aumentado, porque el costo de realizar la ganancia baja y los propietarios de activos se muestran más dispuestos a vender. La indexación generaría, en sus palabras, «un torrente de ingresos para el Tío Sam» al liberar capital inmovilizado durante años.
Sin embargo, la administración Trump ha mostrado reticencias. Según Forbes, algunos funcionarios temen ser acusados de favorecer a los ricos, aunque la medida beneficiaría a propietarios de viviendas, agricultores y pequeños inversores. Otros recelan de un desafío judicial, pese a que Forbes considera que ese litigio sería en sí mismo un activo político.
Forbes concluye con un llamado directo: «Por el bien del país —y de su partido— el presidente Trump debería ordenar que el Departamento del Tesoro emita esta resolución fiscal de inmediato».
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Desde Ágora Capital, la lógica es impecable: gravar ganancias nominales cuando la inflación las ha erosionado es, en el fondo, una confiscación silenciosa disfrazada de tributación ordinaria. El capital inmovilizado por el miedo a una factura fiscal desproporcionada es capital que no financia nuevas empresas, no mejora la productividad y no genera empleo. Si la administración Trump deja pasar esta oportunidad por temor al relato progresista, habrá elegido la comodidad política de corto plazo sobre una reforma que beneficia, ante todo, a la clase media propietaria. El mercado ya votó: cada punto de reducción en el costo de realizar una ganancia se traduce en mayor rotación de activos, más inversión y más recaudación real. Las reglas claras y la tributación justa no son antagonistas del fisco; son su mejor negocio.


