En calle Bandera, en pleno centro de Santiago, un edificio de más de 110 años se prepara para iniciar su reconstrucción. La propiedad está desocupada desde 1988 y tiene una superficie de 13 mil metros cuadrados.
El proyecto contempla cerca de 240 departamentos, además de comercio y espacios comunes. La iniciativa fue impulsada por Lucas Galán, fundador de Flippeame, tras publicar un reel que volvió viral el caso del inmueble.
La operación encaja en lo que se conoce como «flipping inmobiliario»: comprar una propiedad bajo su valor de mercado, agregarle valor y revenderla en meses, según Joaquín Espíldora, CEO de Data Inmobiliaria. Ese valor puede generarse mediante obras para reparar, remodelar o dividir espacios, o mediante gestión para regularizar y sanear títulos.
Espíldora fue claro sobre la lógica del negocio: «La ganancia se decide en la compra: el flipper no le gana al mercado, le gana al precio al que entró».
En este caso, la intervención busca conservar molduras, vitrales, pisos de parquet, ascensores y otros elementos originales, mientras renueva por completo las instalaciones. La reconstrucción está a cargo de Flippeame junto a ANONIMA & partners, oficina liderada por Daniel Pastor Arellano.
Pastor explicó que la rehabilitación adaptativa consiste en «intervenir integralmente un activo que puede llevar décadas construido y adaptarlo a exigencias contemporáneas». También advirtió que la dimensión económica de estos inmuebles «a veces se olvida», porque pueden convertirse en una carga tanto para sus propietarios como para la ciudad.
Durante el último tiempo, el equipo estudió la estructura con modelación 3D y revisó la normativa original y la vigente. El objetivo es definir un programa que permita abordar arquitectura, estructura, redes sanitarias y eléctricas, climatización, telecomunicaciones, sistemas contra incendios y ascensores, entre otras especialidades.
El fenómeno no es marginal. En 2023, las propiedades revendidas dentro de los 12 meses siguientes a su adquisición representaron el 1,4% de las operaciones habitacionales, según datos de Data Inmobiliaria. Y en el caso de Bandera, antes de iniciar la venta formal ya había más de 3.100 personas inscritas e interesadas, según Galán.
El proyecto también expone una tensión de fondo: preservar patrimonio y, al mismo tiempo, lograr rentabilidad. Galán sostiene que existe un cambio de paradigma frente a una mentalidad inmobiliaria tradicional que habría optado por demoler el inmueble para levantar torres de departamentos.
Pastor añadió que, al ser Bandera 700 un inmueble de conservación histórica, el trabajo normativo y de coordinación institucional era especialmente relevante. Además, el edificio está en un sector consolidado, con acceso a transporte y servicios.
La lectura de fondo es simple. Cuando el marco regulatorio permite recuperar un activo abandonado, el capital puede hacer lo que el Estado casi nunca logra a tiempo: poner a producir lo que estaba inmovilizado. Eso mejora el stock inmobiliario y devuelve vida urbana sin borrar por completo la identidad del inmueble.
También hay una señal para la ciudad y para los propietarios. Un edificio deteriorado deja de ser un pasivo y vuelve a ser un activo. Capital busca reglas claras, y cuando las encuentra, el mercado puede ayudar a regenerar zonas consolidadas con más rapidez que la burocracia.


