La United States Tennis Association (USTA) enfrenta una nueva demanda federal en Manhattan presentada por los hijos de William «Slew» Hester, el hombre que en los años setenta convenció a la ciudad de Nueva York de construir lo que hoy es el National Tennis Center en Queens y que trasladó el US Open desde el privado West Side Tennis Club de Forest Hills a un escenario mucho más prominente y lucrativo.
Bill y Kathryn Hester alegan que la USTA violó un acuerdo de conciliación de 1998 al demoler el palco familiar dentro de la renovación por $800 millones del complejo y ofrecer, como única alternativa, asientos regulares con un costo de $460,000 para el torneo de 2026 —cifra que escalaría a $560,000 en 2030—.
De legado a litigio
Slew Hester, empresario petrolero de Mississippi y expresidente de la USTA, detectó desde el aire la entonces deteriorada Singer Bowl —usada en la Feria Mundial de 1964— y gestionó con funcionarios de la ciudad la construcción de lo que se convirtió en el Louis Armstrong Stadium. La obra se completó en diez meses, justo a tiempo para el US Open de 1978.
Como reconocimiento, la USTA le otorgó a Hester palco vitalicio para él y sus herederos, una placa conmemorativa en la entrada y un restaurante con su nombre, según la demanda. Hester y sus hijos asistieron al torneo cada año hasta su muerte en 1993, a los 80 años.
Tras su fallecimiento, la relación se deterioró. Cuando Arthur Ashe Stadium se convirtió en la sede principal, la USTA cobró a la familia una cuota anual de $45,000 y ubicó sus asientos «en una esquina, con la visual bloqueada por la silla del árbitro», según los demandantes. Eso derivó en el primer juicio y en el acuerdo de 1998, que garantizó el palco 35G, pases de autobús y restaurante, y derechos vitalicios de asistencia mientras Bill y Kathryn vivan y paguen la tarifa.
Para 2025, esa tarifa ya había trepado a $215,416. La renovación eliminó el palco 35G por completo. En diciembre pasado, la USTA comunicó a la familia que su única opción para 2026 eran asientos regulares a $460,000.
Además, la familia denuncia que la placa conmemorativa de Slew Hester fue retirada sin explicación alguna. «No se nos ha dado nunca ninguna razón de por qué fue desmontada», declaró Bill Hester, de 78 años.
La USTA respondió escuetamente: «La USTA ha cumplido su compromiso con los Hester al ofrecerles la oportunidad de adquirir asientos en una ubicación coherente con sus asientos anteriores y en las mismas condiciones que otros compradores».
La lectura del mercado
El caso ilustra una tensión clásica entre el capital privado que origina valor y la burocracia institucional que, con el tiempo, se apropia de ese valor. Slew Hester no solo movió un torneo: creó un activo que hoy genera cientos de millones de dólares al año. Los derechos vitalicios pactados eran el reconocimiento contractual de esa aportación.
Cuando una organización sin fines de lucro —que administra dinero de patrocinadores, televisoras y fanáticos— convierte un acuerdo vitalicio en una factura de medio millón de dólares, el mensaje es inequívoco: los contratos valen lo que la parte más poderosa decide que valen. Capital busca reglas claras. Y cuando esas reglas se reescriben unilateralmente, el litigio es la única respuesta racional.


