Los números primero. La CEPAL proyectó una contracción del 10,3% del PIB cubano para 2026, la peor caída de toda la región. En paralelo, empresas estatales chinas abrieron locales en los barrios más adinerados de La Habana, cobraron en dólares y sostuvieron sus propias fuentes de electricidad en un país donde los apagones superaron las 20 horas diarias.
El periodista independiente Pablo Morales Marchán, en el espacio Barrio Adentro de Radio Martí, describió el fenómeno con una frase que resume el contraste: «Los chinos van apoderándose cada vez más de los territorios en La Habana». Su recorrido por el municipio Playa —donde residen cuadros del régimen y una clase media con acceso a divisas— trazó un mapa comercial inexistente dos años atrás.
El caso más visible es SUMAI S.A., presentada en enero de 2025 como la primera empresa mixta de comercialización entre Cuba y China, integrada por la cubana ALBUS S.A. y la china Hangzhou Iunke Industrial Development Co., Ltd., bajo el paraguas de la Plataforma de Inversión y Comercio para América Latina (PICLA), enmarcada en la Iniciativa de la Franja y la Ruta de Beijing. Su tienda en El Vedado opera solo en dólares, en efectivo o con tarjeta, y proyecta expandirse a Camagüey, Matanzas y Pinar del Río, además de Holguín.
Dongfeng Motor Corporation, la automotriz estatal china, instaló un showroom en el mismo municipio con estaciones de recarga solar propias —las «solineras»— que funcionan incluso cuando el resto del barrio permanece a oscuras. Sus modelos 2026, entre ellos pickups eléctricas y SUV premium, parten de 19.100 euros, pagaderos por transferencia internacional: un mecanismo fuera del alcance de la mayoría de los cubanos.
Detrás de esta expansión hay una arquitectura de acuerdos consolidada durante años. China es el mayor socio comercial de Cuba desde 2017 y uno de sus principales acreedores. La plataforma WireScreen contabilizó 166 proyectos y operaciones chinas en la isla, con los 19 registros más grandes sumando USD 5.900 millones, dominados por créditos de bancos estatales y la condonación de deuda de USD 2.830 millones pactada en 2016.
En septiembre de 2025 La Habana anunció la reestructuración de su deuda soberana con Beijing, mientras Miguel Díaz-Canel realizaba su tercera visita oficial a China y convertía a Cuba en el primer país en firmar un acuerdo de implementación conjunta de la Franja y la Ruta. Díaz-Canel llegó a reconocer que el proceso de reformas chino «sirve de referencia» para la isla. El vínculo se reforzó también en energía: China financió 49 parques fotovoltaicos y el embajador Hua Xin se comprometió a construir 92 más para 2028, con 2.000 megavatios de capacidad. En enero de 2026, Xi Jinping aprobó una donación de emergencia de USD 80 millones y 60.000 toneladas de arroz.
Morales Marchán identificó el patrón geográfico: los nuevos locales se concentran en Miramar, Flores, Atabey y Siboney, barrios donde vive «la cúpula gobernante y la dirección del país, y la clase media alta emergente», las únicas personas, según el periodista, «que tienen los dólares y ese poder adquisitivo». Como ejemplo mencionó a Abel González Santamaría, identificado como alto oficial de la Seguridad del Estado y asesor del Consejo de Estado.
El mercado ya votó, aunque no sea el mercado libre que los cubanos nunca pudieron ejercer. Cuando un régimen colectivista se queda sin divisas propias, no abre la economía a sus ciudadanos: subcontrata otro Estado para que abastezca a su élite. La propiedad privada sigue ausente; lo que cambia es el color del capital que sostiene el privilegio.
El contraste entre un PIB que se contrae 10,3% y showrooms de autos eléctricos pagados con transferencias internacionales no es una anomalía del sistema cubano: es su lógica más pura. Setenta años de estatismo no produjeron prosperidad para la isla, solo un nuevo socio dispuesto a financiar la supervivencia de quienes la gobiernan.


