El euro abrió este lunes a 12,87 bolivianos, según datos de Dow Jones. Eso representa un alza del 3,27% frente al cierre anterior de 12,46 bolivianos. En la última semana, la divisa europea acumula una suba del 5,93%. En términos interanuales, el avance llega al 63,09%.
La volatilidad actual del par se ubica en 29,19%. Es una cifra notablemente inferior a la volatilidad de referencia del 40,82%. El mercado lo interpreta como una fase de mayor estabilidad relativa, no como normalización.
El tipo de cambio oficial permanece en Bs 6,96. Sin embargo, su uso es cada vez menos relevante en las operaciones comerciales. El Banco Central de Bolivia publica valores referenciales diarios que se sitúan alrededor de Bs 9,21 para la compra y Bs 9,40 para la venta. La brecha entre ambos registros ilustra la magnitud del desajuste acumulado.
A comienzos de 2026, el mercado paralelo mostró una estabilidad temporal con cotizaciones cercanas a Bs 9,64. Ese fenómeno estuvo vinculado a las expectativas generadas por reformas cambiarias y al anuncio de un financiamiento externo de $4.500 millones del BID para el período 2026-2028. El proceso incluye la liberación gradual de dólares en el sistema financiero.
El cuadro macroeconómico es severo. El Gobierno boliviano proyecta una inflación de hasta el 17% para este año y apunta a reducir el déficit fiscal al 7%. El FMI había advertido que la inflación podría superar el 15% si no se controla la emisión monetaria. La incertidumbre persiste: el propio Fondo optó por no entregar estimaciones precisas a largo plazo.
El Banco Mundial anticipa una recesión del -1,1% en el PIB de Bolivia para 2026. La CEPAL es algo menos pesimista y proyecta un crecimiento marginal del 0,5%. La divergencia entre organismos refleja la opacidad del dato boliviano.
Lectura editorial. Bolivia enfrenta lo que ocurre cuando un Estado absorbe el ahorro interno durante años, sostiene un tipo de cambio artificial y financia el gasto con emisión. El resultado es predecible: una divisa que pierde 63% de valor en doce meses, una inflación que el propio Gobierno admite puede llegar al 17% y una economía que el Banco Mundial ve en contracción. El financiamiento del BID compra tiempo, no estructura. Capital busca reglas claras; Bolivia ofrece lo contrario: dos tipos de cambio, una brecha creciente y un déficit que el Gobierno promete recortar sin mostrar el cómo. El mercado ya votó.


