El Concejo Municipal de Nueva York aprobó el jueves un incremento salarial de 18,2% para sus propios miembros, elevando su remuneración a 175.000 dólares anuales, una cifra que supera lo que ganan los senadores de Estados Unidos o la mayoría de los gobernadores del país.
El aumento fue respaldado por la Comisión Asesora Cuatrienal (QAC, por sus siglas en inglés), un organismo que recomendó la medida y que los propios concejales utilizaron como pantalla para evitar la apariencia de votarse un aumento directamente. La QAC argumentó que la ciudad «promulgó por última vez un aumento salarial para sus funcionarios electos en 2016» y que «el costo de vida se ha disparado».
El detalle que el aparato municipal prefiere no destacar: ninguno de los concejales actuales ocupaba ese cargo en 2016, y todos se postularon conociendo el salario vigente de 148.500 dólares.
El aumento es, además, retroactivo a enero, lo que significa que cada legislador recibirá un cheque adicional de entre 10.000 y 15.000 dólares por concepto de «salario atrasado». Esto ocurre en un contexto en el que la Carta de la Ciudad establece que el Concejo no puede otorgarse un aumento que rija durante el mandato en curso, sino solo a partir del siguiente período, precisamente para que los votantes puedan pronunciarse al respecto.
El concejal Ty Hankerson (demócrata, Jamaica) declaró al medio Gothamist que su salario actual de 148.500 dólares es insuficiente porque tiene muchas cuentas que pagar, y que incluso así «se siente imposible» comprar una vivienda. El ingreso medio del hogar en su propio distrito es de 71.000 dólares anuales, según datos citados en la fuente.
Según el New York Post, aproximadamente el 40% de los concejales actuales obtuvieron su única experiencia profesional relevante como asesores de otros políticos locales o estatales. El cargo, que históricamente era considerado de tiempo parcial, fue «profesionalizado» mediante reformas que prohibieron los ingresos externos, reservando el puesto, en la práctica, para políticos de carrera.
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Lo que ocurrió en el Concejo de Nueva York es el manual clásico de la clase política que administra el dinero ajeno sin rendir cuentas al mercado. Ningún empleado privado puede votarse su propio aumento; ningún emprendedor cobra retroactivo por riesgos que asumió libremente. El contribuyente neoyorquino, en cambio, financia a legisladores cuyo único capital de empleabilidad es, en muchos casos, haber trabajado para otro político.
El mecanismo de la comisión asesora no es una garantía de independencia: es una coartada institucional. Cuando el gasto público crece sin que el mercado lo valide, la señal es inequívoca. Capital busca reglas claras, y las ciudades que confunden el presupuesto municipal con un fondo de pensiones para la burocracia terminan expulsando a los contribuyentes que las sostienen.

