Los números llegaron antes que los discursos. COCERAL, la asociación de comerciantes de cereales europeos, publicó una previsión extraordinaria fuera de ciclo. Recortó la producción esperada de grano en la UE y el Reino Unido a 286,6 millones de toneladas. Eso es 9 millones menos que su propia estimación de junio. Es también 23,4 millones menos que el año anterior.
Detrás de esa cifra hay una causa concreta. Junio de 2026 fue el junio más caluroso jamás registrado en Europa occidental, según el Servicio de Cambio Climático Copernicus. Francia registró su día más caluroso en promedio nacional. Alemania, Dinamarca y la República Checa marcaron récords absolutos. Era la tercera gran ola de calor desde finales de mayo.
El agricultor Benoît Merlo lleva diez años adaptando su explotación en Auvergne-Rhône-Alpes. Cultivos de cobertura, rotaciones, semillas resistentes al calor y la sequía. Cuando las temperaturas superaron los 38°C durante semanas, su preparación no fue suficiente. Según declaraciones recogidas por la Energy and Climate Intelligence Unit, espera perder la mitad de algunos cultivos y hasta el 70% de su soja.
La Energy and Climate Intelligence Unit estima pérdidas brutas de alrededor de 10 millones de toneladas. En términos de ingreso agrícola, eso equivale a unos 2.000 millones de euros. La pérdida neta, tras compensar ganancias en otras zonas de Europa, se sitúa en 9 millones de toneladas y 1.800 millones de euros.
Este shock climático coexiste con uno geopolítico. El 28 de febrero estalló un conflicto en el Golfo Pérsico. El tráfico de petroleros por el Estrecho de Ormuz colapsó más de un 90% en días, según la FAO. El petróleo se disparó. Los fertilizantes también. El Golfo suministra entre el 30% y el 35% del urea global. Alrededor del 30% del comercio de fertilizantes pasa normalmente por Ormuz.
Sin embargo, Oxford Economics concluyó este mes que las olas de calor serán «un motor alcista más fuerte de los precios alimentarios el próximo año que la guerra», según análisis citado por Euronews. Deutsche Bank estima que el shock de materias primas de primavera elevará los precios de alimentos alrededor de un 1,3% en el Reino Unido y un 0,8% en la zona euro. El calor no reemplaza ese impacto. Se acumula sobre él.
Un documento de trabajo del Banco Central Europeo calculó que la ola de calor europea de 2022 añadió 0,67 puntos porcentuales a la inflación alimentaria europea. Un solo shock de temperatura mantiene presión de precios hasta doce meses después. Investigaciones del Barcelona Supercomputing Center muestran el resultado en los lineales: aceite de oliva con alzas del 50% tras la sequía ibérica, arroz un 48% más caro en Japón, cacao un 280% más alto tras una ola de calor en África Occidental.
Desde Ágora Capital, la lectura es directa. Los shocks de oferta inducidos por el clima son, por definición, incontrolables por la política monetaria. Los bancos centrales pueden endurecer condiciones financieras. No pueden hacer llover. El resultado es inflación que erosiona el poder adquisitivo de los consumidores sin que el aparato de política económica tenga herramienta eficaz para contenerla. Para los hogares de menor ingreso, la amenaza es más severa: los alimentos representan una proporción mayor de su gasto. El riesgo país de las economías importadoras netas de alimentos sube. El margen para el error de política se estrecha.


