El tipo de cambio del bolívar frente al dólar acumula un alza superior al 500% en el último año, según el economista Hermes Pérez en una entrevista para el espacio Café Global con Unai Amenábar. En julio, el incremento registrado ha sido del 138%, cifra que Pérez encuadra como «un precio más de la economía» y no como una anomalía.
Los números del Banco Central de Venezuela (BCV) confirman la escala de la intervención. El año pasado, la institución realizaba cuatro operaciones cambiarias al mes; este año el ritmo escaló a cuatro intervenciones semanales. Paralelamente, las ventas de dólares del BCV se han duplicado respecto al año anterior, que registró alrededor de 4.400 millones de dólares.
Pérez atribuye la dinámica a un exceso de liquidez que alimenta la inflación y, con ella, la presión sobre el tipo de cambio. El ciclo es conocido: más emisión, más precios, más devaluación. La frecuencia creciente de las intervenciones del BCV sugiere que el organismo intenta contener el deslizamiento, pero los propios datos revelan que cada operación tiene un efecto cada vez más fugaz.
El contexto importa. Venezuela opera con un esquema en el que el Estado controla la oferta de divisas y fija, de facto, el ritmo de depreciación. Cuando las intervenciones se multiplican sin que la economía real gane productividad ni el fisco reduzca su déficit, el resultado es predecible: el mercado absorbe los dólares disponibles y vuelve a presionar al alza.
Para los agentes económicos que operan en bolívares —trabajadores, ahorristas, pequeñas empresas— la pérdida de poder adquisitivo es inmediata y acumulativa. Para quienes tienen acceso a divisas o activos dolarizados, el deterioro del bolívar es, paradójicamente, una cobertura.
Desde la perspectiva de Ágora Capital, el cuadro venezolano es el recordatorio más nítido de lo que ocurre cuando el banco central deja de ser un guardián de la moneda y se convierte en financista del gasto público. Cuatro intervenciones semanales no son gestión monetaria: son administración del colapso. El mercado ya votó hace años en Venezuela; lo que se observa ahora es la velocidad a la que se ejecuta ese veredicto. Capital busca reglas claras, y en Caracas la única regla vigente parece ser la de la depreciación perpetua.


