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Día 15 en La Guaira: escombros sin manos suficientes y damnificados sin respuesta del Estado

Dos semanas después del doblete sísmico del 24 de junio, la ayuda voluntaria se retiró y el aparato estatal venezolano no cubre el vacío. Los afectados duermen en carpas sin saber cuál será su destino.
Imagen ilustrativa
jueves 9 de julio de 2026

Han pasado 15 días desde el 24 de junio de 2026, fecha que quedará marcada como uno de los peores desastres naturales de la historia de Venezuela. La Guaira intenta retomar una normalidad que, según los propios testimonios recogidos en la zona, no llegará en el mediano plazo.

El voluntariado se fue; el Estado no alcanza

El aluvión inicial de civiles y donaciones que caracterizó los primeros días ha cedido paso a lo que una fuente en la zona describió como una «desoladora calma». En Catia La Mar, Macuto, Caraballeda y Tanaguarenas, el trabajo de remoción quedó en manos de bomberos, Protección Civil y efectivos de la FANB, ahora sí con maquinaria pesada. El problema es que la magnitud del desastre supera la capacidad desplegada: un recorrido por el litoral muestra edificios y casas derrumbados sin nadie trabajando en ellos.

La esperanza de rescate se desvanece

La tarea en los escombros ha cambiado de naturaleza. «No recuerdo la última vez que apareció alguien con vida. Cuerpos sí están sacando todavía, hay muchos ahí», declaró una miliciana de Los Teques en el conjunto residencial Belo Horizonte. Un residente del mismo edificio, que espera autorización para recuperar sus pertenencias, desmintió una versión que circuló sobre un rescate con vida la noche del martes. «No creo que ya haya personas vivas aquí», afirmó.

Carpas en las calles, edificios condenados

A pesar de que el gobierno dispuso campamentos y refugios temporales, las avenidas principales del estado siguen llenas de grupos de damnificados bajo carpas. En su mayoría son habitantes cuyos edificios colapsaron, pero también los hay de inmuebles que permanecen en pie y fueron declarados no habitables tras evaluaciones estructurales —los llamados «edificios condenados»— que deben ser demolidos por riesgo de colapso tardío. Un ejemplo visible es el edificio junto al McDonald's en Caraballeda, con la palabra «cediendo» pintada en su fachada.

Ayuda internacional cubre lo que el Estado no provee

Organizaciones como World Central Kitchen operan en la zona. En Macuto, cajas de alimentos identificadas con la bandera de Estados Unidos —que contienen atún, carne enlatada, jamón endiablado y caraotas— representan, según la fuente, «un par de días de sustento para una persona o una familia». La economía local está en pausa, aunque algunos comercios han vuelto a abrir.

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Lo que ocurre en La Guaira es el retrato más crudo de lo que sucede cuando el Estado absorbe recursos, concentra decisiones y luego no puede ejecutar. La sociedad civil venezolana respondió con velocidad y generosidad en los primeros días; fue el sector informal, el voluntariado y la ayuda internacional los que pusieron el primer dique. Quince días después, esa energía se agotó y el aparato oficial no la reemplazó con eficiencia. Los damnificados duermen en la calle sin una respuesta clara sobre su futuro: no por falta de solidaridad, sino por falta de instituciones que funcionen. El capital —humano, logístico, financiero— siempre encuentra el camino cuando las reglas son claras y los incentivos existen. En La Guaira, ninguna de las dos condiciones se cumple.

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