El presidente Abelardo De La Espriella utilizó su discurso de posesión para lanzar dos compromisos de alto impacto económico: la eliminación del impuesto al patrimonio y la presentación de una reforma estructural del sistema tributario.
El anuncio no fue una sorpresa para los mercados. De La Espriella ya había colocado esa promesa en el centro de su campaña. «Lo dije como candidato y hoy lo corroboro como presidente en ejercicio, el impuesto al patrimonio será eliminado», afirmó ante el país.
La justificación fue directa: Colombia debe dejar de penalizar a quienes invierten y generan riqueza. Según el mandatario, la prosperidad no depende de cargar más a quienes alcanzan el éxito económico, sino de crear condiciones para que más colombianos puedan emprender, trabajar y mejorar su nivel de vida.
La reforma tributaria prometida apunta a tres objetivos concretos: simplificar el sistema, combatir la evasión y establecer condiciones favorables para la inversión, la producción y el empleo. De La Espriella reconoció que la disciplina en el gasto público es necesaria, pero advirtió que por sí sola no alcanzará para lograr las metas económicas de su administración. «Necesitamos volver a crecer, exportar y generar riqueza», subrayó.
El sector empresarial recibió un mensaje explícito: el nuevo gobierno será aliado de los empresarios grandes, medianos y pequeños. «Invertir en Colombia volverá a ser una decisión segura para ustedes», dijo el presidente, apuntando a recuperar la confianza inversora que, según su diagnóstico, se deterioró en años anteriores.
En materia de gasto público, De La Espriella prometió que durante su administración «desaparecerán el despilfarro, el abuso y los colados» que, según señaló, han permitido desviar recursos destinados a quienes realmente los necesitan.
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Desde Ágora Capital, la lectura es clara: un gobierno que en su primer discurso elimina un impuesto al capital y anuncia simplificación tributaria está enviando exactamente la señal que el riesgo país necesita para comprimir. Capital busca reglas claras, y De La Espriella acaba de escribir las primeras líneas del contrato.
El contraste con la era Petro no requiere elaboración: cuatro años de cargas crecientes sobre la inversión privada dejaron una economía con necesidad urgente de confianza. Si la reforma estructural prometida se traduce en un código tributario predecible y competitivo, el flujo de inversión extranjera directa tiene razones concretas para reactivarse. El mercado, como siempre, votará antes que cualquier congreso.


