Abelardo de la Espriella, conocido como «El Tigre», juró el 7 de agosto de 2026 como presidente de Colombia ante el presidente del Senado, Honorio Henríquez, en una ceremonia militar celebrada en el batallón Pichincha de Cali, flanqueado por cuatro tanques de guerra y dos helicópteros.
El nuevo mandatario venció en segunda vuelta al senador Iván Cepeda, aliado del saliente Gustavo Petro, el primer presidente de izquierda en la historia del país. Con ese resultado, la izquierda abandona el poder después de un solo período.
Un programa de choque institucional
Desde el primer discurso, De la Espriella fijó coordenadas precisas: reducción del tamaño del Estado en un 40%, construcción de megacárceles, cierre del diálogo con grupos criminales y alianza militar con Estados Unidos e Israel para combatir el narcoterrorismo. «Los integrantes de las bandas criminales y del narcoterrorismo tienen dos caminos: someterse al imperio de la ley o enfrentar la fuerza decidida del Estado colombiano», declaró.
También anunció su intención de sepultar el tribunal surgido del acuerdo de paz con las FARC de 2016, que juzga los crímenes del conflicto armado.
El perfil del 'outsider'
De doble nacionalidad colombiana y estadounidense, De la Espriella tiene 48 años y llegó a la política sin carrera previa en el sector público. Abogado de trayectoria millonaria, defendió a paramilitares, narcotraficantes, políticos y figuras del fútbol, lo que le genera cuestionamientos sobre el origen de su fortuna. Antes de la campaña exhibía en redes sociales viajes en aviones privados, trajes de sastrería y su marca de ropa «De la Espriella Style».
Se inspira abiertamente en Javier Milei, Nayib Bukele y Donald Trump, quien respaldó su candidatura. Católico practicante, defiende el porte de armas y se define seguidor de los «principios judeocristianos». Durante la campaña fue criticado por declaraciones calificadas de machistas y homofóbicas, aunque ello no afectó su desempeño electoral.
Camina custodiado por decenas de soldados y escoltas tras denunciar amenazas de muerte. Su gabinete, pese al discurso antisistema, está integrado en buena medida por figuras conocidas de la derecha tradicional colombiana.
La lectura de Ágora Capital
Colombia estrena un gobierno cuyo programa económico apunta exactamente a donde el capital mira cuando evalúa riesgo país: menos Estado, más seguridad jurídica, cooperación con Washington y músculo contra el crimen organizado que lleva décadas distorsionando mercados, cadenas de suministro y propiedad privada. Cuatro años de petrismo dejaron incertidumbre regulatoria, inversión retraída y un conflicto armado sin solución.
El mercado colombiano tendrá ahora la oportunidad de medir si las promesas de orden y reducción del aparato estatal se traducen en reglas claras y flujo de capital privado. El programa es ambicioso; la ejecución, el único termómetro que importa.


