Colombia, Estados Unidos, Emiratos Árabes Unidos y Curazao ejecutaron un operativo simultáneo contra una presunta red de lavado de oro. La acción fue liderada por la Fiscalía General de la Nación y la Policía Nacional. También participaron autoridades de Brasil, Perú y Bolivia.
El objetivo: desmantelar el punto donde la minería ilegal se convierte en dinero limpio.
Según las autoridades, la organización adquiría oro extraído ilegalmente del río Nechí y del Bajo Cauca. Luego lo registraba como si proviniera de explotaciones autorizadas. Para ello usaba establecimientos de compraventa en El Bagre, Antioquia. El mineral se mezclaba con producción legal o se respaldaba con documentación falsa. Una vez «legalizado», podía venderse a comercializadores nacionales o exportarse.
El brigadier general Carlos Germán Oviedo Lamprea, director de Carabineros y Protección Ambiental de la Policía Nacional, explicó que la estructura utilizaba ese esquema para dar apariencia de legalidad a los recursos y facilitar el lavado de activos.
El operativo ejecutó cinco órdenes de allanamiento en establecimientos de compraventa de oro. Los resultados iniciales: más de 153 gramos de oro incautados, $6.501.000 pesos en efectivo, cuatro dispositivos de grabación digital, un arma traumática tipo revólver, dos teléfonos celulares y dos equipos de cómputo.
El Bagre es uno de los mayores productores de oro de Antioquia. Su ubicación sobre la cuenca del Nechí lo convierte en un centro histórico de comercialización del metal. Esa concentración de actividad minera lo hace atractivo para organizaciones que buscan introducir oro ilegal al mercado formal.
Según análisis de Valora Analitik, el negocio ilícito del oro representa una de las principales fuentes de financiación de grupos armados ilegales. A diferencia de la cocaína, el oro puede venderse en mercados legales. Una vez pierde el rastro de su origen, ingresa al sistema financiero internacional como cualquier otro producto. Eso lo convierte en un activo ideal para lavar dinero.
La hipótesis de la investigación es directa: sin canales para vender y legalizar el mineral, las organizaciones criminales pierden una parte importante de sus ingresos.
El mercado ya votó sobre el valor del oro. Lo que este operativo revela es que hay actores dispuestos a capturar ese valor destruyendo reglas, ecosistemas y vidas. La cooperación internacional es la respuesta correcta. Pero la pregunta de fondo persiste: ¿por qué el Estado colombiano tardó décadas en atacar la cadena comercial y no solo al minero ilegal aguas arriba? El Bajo Cauca lleva años siendo un laboratorio de economías criminales. La libre empresa necesita reglas claras y aplicadas. Sin trazabilidad real del mineral, el mercado aurífero colombiano seguirá siendo un subsidio involuntario al crimen organizado.


