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Construyó solo una casa de tierra y bolsas de polipropileno en Brasil: un año de trabajo, cero hormigón y temperatura estable todo el año

Sandro Gilberto Jankoski levantó en San Bento do Sul una estructura bioclimática con superadobe, usando tierra del propio terreno y sacos continuos de hasta 400 metros de longitud. El resultado: confort térmico sin un solo ladrillo convencional.
Imagen ilustrativa
viernes 7 de agosto de 2026

En San Bento do Sul, norte del estado de Santa Catarina, una construcción inusual detuvo a los vecinos: una edificación bioclimática, parcialmente enterrada, con techo verde y sin rastro de hormigón ni ladrillos tradicionales.

Detrás del proyecto está Sandro Gilberto Jankoski, quien recurrió al superadobe —sistema basado en largos sacos continuos de polipropileno, similares a las bolsas para papas o cebollas, rellenos de tierra compactada— para levantar la estructura principal. Los rollos alcanzaron hasta 400 metros de longitud, aunque para la obra se cortaron en tramos de unos 15 metros que se apilaron, moldearon y apisonaron progresivamente.

Cada capa midió aproximadamente 25 centímetros de grosor antes de la compactación. Para evitar desplazamientos entre hiladas, Jankoski colocó alambre de púas entre cada nivel. Toda la tierra provino del propio terreno, lo que eliminó el transporte de materiales. «Es como una impresora 3D, pero manual», describió el constructor sobre el método repetitivo de levantar capa sobre capa.

Levantar la estructura tomó cerca de un año. «En mi caso, prácticamente lo hice todo yo solo», relató Jankoski, quien debió trasladar baldes cargados de forma manual a medida que la altura aumentaba. El esfuerzo derivó en un elevado confort térmico: la masa térmica de la tierra compactada estabiliza la temperatura interior. «Si hace calor afuera, se mantiene fresco; si hace frío, se conserva cálido», explicó.

Una parte de la estructura se incrustó en un barranco para potenciar el aislamiento natural. Para evitar filtraciones —reto central en obras semienterradas— el constructor instaló un sistema de drenaje y lonas reforzadas de alta resistencia. La cubierta incorporó un techo verde con suelo natural, césped y plantas de vid, que reforzó el aislamiento térmico y acústico.

En el mismo terreno, Jankoski construyó además un almacén subterráneo para conservar alimentos, guardar semillas y servir de refugio ante emergencias. A pesar de su diseño residencial, la edificación no funcionó como vivienda particular: el espacio sirvió para ceremonias espirituales vinculadas al grupo Medicinas da Floresta.

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El caso de Jankoski ilustra algo que los mercados de materiales de construcción suelen ignorar: la innovación de bajo costo no siempre nace en laboratorios corporativos ni en subsidios estatales. Nace en la iniciativa individual, en la disposición a resolver un problema con los recursos disponibles en el propio terreno.

Desde la perspectiva de Ágora Capital, el superadobe no es una curiosidad artesanal: es un recordatorio de que la autonomía —en la vivienda, en la energía, en la alimentación— es la forma más concreta de libre empresa a escala personal. Cuando el Estado no subsidia ni regula cada decisión constructiva, el ingenio encuentra el camino solo.

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