Colombia ya no cubre con producción propia toda su demanda de gas natural. En agosto, el país requirió importaciones para atender el 34% de las necesidades, según el XXVII Informe del Sector Gas Natural de Promigas, presentado el 15 de septiembre.
Juan Manuel Rojas, presidente de Promigás, afirmó que el problema dejó de ser una advertencia. «El déficit de gas dejó de ser una advertencia y se convirtió en una realidad estructural», dijo durante la presentación del informe, que revisó la caída de la oferta local, el peso de las compras externas y la presión sobre los consumidores.
La compañía estimó además que la dependencia podría llegar al 40% al finalizar 2026. Esa proyección describe un mercado cada vez más expuesto al costo de importar energía, con menor margen para la industria y más presión sobre el flujo de caja de las empresas que dependen del insumo.
Rojas sostuvo que la menor disponibilidad ya se tradujo en restricciones para algunos usuarios industriales. Entre enero y agosto, la demanda no térmica perdió 58 GBTUD, una reducción del 7% frente al mismo período de 2025. En el segmento industrial, la caída fue del 23%, de acuerdo con las cifras divulgadas por la compañía.
«Hoy tenemos un déficit estructural de gas. No hay gas necesario, no hay moléculas suficientes y ya estamos restringiendo», dijo Rojas al presentar el informe. La frase resume un punto sensible para la productividad: cuando el suministro no alcanza, la industria deja de operar con normalidad y el costo termina trasladándose a la economía real.
Promigás señaló que las industrias que no accedieron al energético recurrieron a alternativas como el gas licuado de petróleo y el carbón. Según la estimación de Rojas, ese cambio implicó entre 0,5 y 0,7 millones de toneladas adicionales de dióxido de carbono. La propia compañía vinculó ese giro con una pérdida de autosuficiencia en el país.
Rojas añadió que la falta de gas puede alejar a Colombia de sus objetivos de reducción de emisiones, porque obliga a parte de la actividad económica a usar combustibles con mayor huella de carbono. También advirtió que esto podría incrementar los costos operativos de las actividades económicas.
El dato de fondo es claro: cuando falla la oferta doméstica, el país no solo paga más por importar, sino que además castiga a su aparato productivo con restricciones y mayores costos. El mercado ya votó con un mensaje incómodo para la política energética: sin reglas claras y más oferta, la dependencia externa se vuelve un impuesto silencioso sobre la industria.
Para el contribuyente y el consumidor, el riesgo es doble. Hay más presión sobre precios y menos espacio para una economía que necesita energía confiable para invertir, producir y exportar. Capital busca reglas claras, y en gas eso significa suficiente oferta, menos incertidumbre y un Estado que no convierta la escasez en norma.