Estados Unidos aplicó una sobretasa arancelaria de 12,5% a Chile en el marco de la investigación bajo la Sección 301, que evalúa importaciones de bienes producidos con trabajo forzoso. La Subsecretaria de Relaciones Económicas Internacionales, Paula Estévez, confirmó que el gobierno anticipaba la medida: el arancel recíproco del 10% que Washington aplicaba a sus socios comerciales vencía precisamente en esa fecha.
«Lo veíamos venir porque hoy día se terminaba el 10% que tenían todos los países de acuerdo a otra sección», declaró Estévez en T13 Radio. La funcionaria precisó que el criterio central de Washington fue evaluar si los países contaban con legislación que prohíba la importación de productos elaborados con trabajo forzoso. Chile no la tiene.
Países como Canadá y México, que sí disponen de esa ley, recibieron un arancel del 10% —aunque con el diagnóstico de implementación deficiente. Para Chile, la ausencia de normativa equivalente derivó en una tasa mayor. Estévez reconoció la complejidad práctica: garantizar la trazabilidad de millones de productos que ingresan por aduana resulta, en sus propias palabras, «imposible».
De los aproximadamente 1.500 productos que Chile exporta a Estados Unidos, el 53,5% quedó exento del nuevo arancel. Siguen ingresando con tasa cero los cátodos de cobre refinado, la plata, naranjas, carbonato de litio y kiwis.
El frente de negociación se abrió tras la visita del canciller Francisco Pérez Mackenna a Washington. Según Estévez, fueron los propios diplomáticos estadounidenses quienes abrieron la puerta a una renegociación bilateral. El lunes siguiente, Chile recibió la instrucción de presentar una lista de productos a negociar.
Los ítems que Santiago busca eximir incluyen salmón, uva, arándanos, vinos, carnes de ave, sales y cerezas frescas. El argumento central: la complementariedad productiva. «Ellos no producen salmón, nosotros producemos salmón. Las frutas que tenemos son a contratemporada», explicó la funcionaria, subrayando que estos bienes no compiten con la producción doméstica estadounidense sino que la complementan.
El equipo de Subrei trabajó durante toda la semana analizando el impacto económico producto por producto, con el objetivo de demostrar que las exportaciones chilenas no desplazan industria local en Estados Unidos.
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Lo que revelan estas negociaciones es algo que el libre mercado sabe de sobra: cuando las reglas son claras y los flujos comerciales tienen lógica económica real, el capital y los productos encuentran el camino. Chile exporta salmón porque tiene ventajas comparativas genuinas; Estados Unidos lo importa porque no puede producirlo de forma industrial. La complementariedad es el argumento más sólido sobre la mesa.
El riesgo para Santiago no es solo arancelario. La ausencia de legislación sobre trabajo forzoso —señalada como detonante del gravamen— es una deuda regulatoria que tarde o temprano pasará factura en otros foros. Capital busca reglas claras, y los mercados de destino también.


