Chile concluyó las negociaciones del Acuerdo de Asociación Económica Integral (CEPA) con Filipinas. El anuncio llegó el viernes, un día después de los nuevos aranceles de Estados Unidos. El timing no es casual: Santiago diversifica destinos mientras Washington encarece el comercio bilateral.
El acuerdo es el número 37 de la red comercial chilena. Lo cerró el canciller Francisco Pérez Mackenna durante una visita a Manila, en el marco de los 50 años del Tratado de Amistad y Cooperación en el Sudeste Asiático.
Los números del acceso
Chile obtendrá tratamiento arancelario preferencial en 10.467 líneas arancelarias. Eso equivale a cerca del 90% del valor de las exportaciones actuales hacia ese mercado. Filipinas, por su parte, recibirá preferencias en 8.632 líneas para ingresar a Chile. Esas líneas cubren el 99% del valor de las importaciones chilenas desde ese origen.
El acuerdo también establece un marco de reglas para servicios e inversiones. Según la Cancillería, ese marco otorga certeza jurídica a prestadores de servicios e inversionistas chilenos.
Por qué importa Filipinas
El mercado filipino tiene más de 110 millones de habitantes. Su población es joven y su economía crece a tasas superiores al 4% anual, según cifras de la Cancillería. Dentro del bloque ASEAN, Filipinas es el sexto mayor importador de productos chilenos, detrás de Singapur, Vietnam, Tailandia, Malasia e Indonesia.
Además, Filipinas pertenece al RCEP, la Asociación Económica Integral Regional. Eso la convierte en una plataforma adicional hacia el Sudeste Asiático y en un nodo dentro de las cadenas regionales de valor.
La subsecretaria de Relaciones Económicas Internacionales, Paula Estévez, fue directa: una vez firmado el CEPA, Chile «se convertirá en el primer país latinoamericano en tener un acuerdo comercial con Filipinas». Con Tailandia, Singapur, Vietnam, Brunéi, Malasia e Indonesia ya en la red, el arco asiático de Santiago se cierra con fuerza.
Lectura editorial
Este acuerdo es exactamente lo que la libre empresa necesita: reglas claras, acceso preferencial y certeza jurídica para el inversionista. No hay gasto público detrás. Hay negociación, reciprocidad y apertura de mercados.
El contraste con la agenda proteccionista que domina otras capitales de la región es nítido. Mientras varios gobiernos latinoamericanos debaten cómo frenar importaciones o nacionalizar sectores, Chile suma su tratado 37 y asegura que el exportador chileno compita con menos aranceles en una economía de 110 millones de personas. El mercado ya votó: la diversificación reduce riesgo país y amplía el flujo exportador. Santiago lo entendió antes que nadie en América Latina.


