Chevron alcanzó una producción conjunta de 280.000 barriles por día (bpd) en las empresas mixtas que opera con PDVSA en Venezuela. Según declaraciones de Eimear Bonner, directora financiera de la corporación, recogidas por Reuters, la compañía prevé elevar esa cifra en un 15% adicional en los próximos 18 a 24 meses.
Bonner precisó que el crecimiento dependería de «obtener condiciones favorables del gobierno venezolano», una advertencia que resume el riesgo político que rodea cada barril producido en ese país.
La petrolera maneja cuatro proyectos en Venezuela: dos operaciones tradicionales en el estado Zulia —donde el campo Boscán concentra la mayor actividad— y dos proyectos de crudo pesado y extrapesado en la Faja Petrolífera del Orinoco, Petroindependencia y Petropiar.
El anuncio llegó junto a resultados trimestrales que Chevron calificó como los mejores desde 2022. La segunda corporación petrolera más grande de Estados Unidos reportó ganancias por $12.100 millones en el segundo trimestre, con una producción global que alcanzó 4,07 millones de bpd, un aumento del 20%. Los precios del petróleo subieron en promedio 23% en el trimestre, impulsados por la tensión bélica en Oriente Medio y la incertidumbre en torno al estrecho de Ormuz.
En refinerías estadounidenses, Chevron registró un volumen récord de procesamiento con una utilización del 97% y 1,07 millones de bpd refinados. El balance trimestral incluyó también una ganancia por venta de activos de $230 millones y costos de liquidación de pensiones por $86 millones.
Mike Wirth, presidente y consejero delegado, atribuyó los resultados a «una inversión disciplinada y una ejecución rigurosa». Sobre Venezuela, la empresa mantiene su posición de cautela regulatoria: sus operaciones se realizan «de conformidad con las autorizaciones emitidas por el gobierno de Estados Unidos», en referencia al régimen de sanciones y licencias vigente. Los resultados financieros de esas actividades se contabilizan como inversiones no participativas desde 2020, y los ingresos solo se reconocen al recibirse el efectivo.
Parte del crudo producido en Venezuela se destina a pagar deudas del gobierno venezolano con la propia transnacional, y los cargamentos abastecen refinerías de Chevron en la costa este de Estados Unidos.
Lectura editorial. El mercado ya votó: cuando las reglas son predecibles —aunque sean las de una licencia negociada con Washington—, el capital encuentra el camino. El problema es que la otra mitad de la ecuación depende de Caracas. Cada barril adicional que Chevron quiera extraer pasa por la mesa de un gobierno que ha demostrado usar el petróleo como moneda de negociación política, no como palanca de desarrollo. Para los inversionistas que miran Venezuela, el 15% de incremento proyectado es una oportunidad real; la pregunta no es técnica ni financiera, sino si el aparato estatal venezolano dejará que el flujo llegue sin nuevas condiciones arbitrarias. Esa incertidumbre tiene precio, y el mercado lo descuenta.


