El vocero presidencial Adrián Ravier encendió una alarma innecesaria el jueves por la noche al afirmar, en el streaming oficialista Carajo, que «el tipo de cambio llegue a $1800, a $1700, para dentro de unos meses es una posibilidad». La frase implicaría una devaluación de entre 13% y 20% respecto del nivel actual.
La respuesta del Gobierno fue inmediata y sin matices. Fuentes autorizadas de la Casa Rosada aseguraron a La Nación que «no va a haber ninguna modificación en la estrategia cambiaria». El resumen interno fue aún más directo: «No hay nada. Ravier se equivocó».
Otra voz relevante de La Libertad Avanza reforzó el mensaje apuntando a los datos del Banco Central: «Mirá la cantidad de dólares que compró el BCRA en las últimas jornadas. El valor del dólar se mantiene por las compras del Central». El argumento es que la política cambiaria habla por sí sola, sin necesidad de proyecciones extraoficiales.
Este viernes, el dólar oficial minorista cerró en torno a $1515-$1520, aproximadamente 0,3% por encima del cierre anterior, ubicándose en su máximo del año. La suba fue leve, pero el Gobierno monitoreó de cerca si los dichos de Ravier tenían coletazos en la cotización.
El episodio no es el primero del vocero desde que reemplazó a Manuel Adorni. Ravier ya había generado ruido al afirmar que el Gobierno «no coincidía» con Lionel Messi cuando el capitán de la selección señaló que hay gente que no llega a fin de mes —posición que la propia Casa Rosada desmintió horas después—; también sugirió en redes que Argentina era «un país bananero» y, en su última conferencia, leyó por error la respuesta a una pregunta equivocada. Una fuente del oficialismo lo resumió sin eufemismos: «Viene derrapando».
Por ahora, Ravier no parece en riesgo de perder el cargo. «Es un buen comunicador, vamos a esperar que no patine más», buscaban convencerse en el entorno libertario.
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Lo ocurrido ilustra un riesgo que todo programa de estabilización conoce bien: la credibilidad cambiaria es frágil y se construye con consistencia, no solo con compras del BCRA. Cuando un funcionario de primera línea introduce ruido sobre el tipo de cambio —el activo más sensible de la economía argentina—, el costo de desmentirlo es siempre mayor que el de haberlo dicho. El mercado no distingue entre opinión personal y señal de política; procesa palabras como hechos hasta que el Gobierno gasta capital político en corregirlas. La buena noticia para el equipo económico de Milei es que la corrección llegó rápido y los números del BCRA respaldan el relato. La mala: cada traspiés de comunicación erosiona el margen de maniobra que el ajuste fiscal y la desinflación han ganado con tanto esfuerzo.


