California se acerca a los 6 dólares por galón de gasolina desde que el cierre del Estrecho de Ormuz tensó los mercados durante el actual conflicto con Irán. El gobernador Gavin Newsom atribuyó el alza a la «codicia» de las petroleras, la «especulación» del mercado y la turbulencia global. Los datos cuentan otra historia.
En dos décadas, el número de refinerías en el estado bajó de 20 a 11. Phillips 66 abandonó su planta en el área de Los Ángeles el año pasado; Valero anunció el cierre de su instalación en Benicia este año. Juntos, esos dos cierres representan aproximadamente el 17% de la capacidad refinera de California en menos de dos años, según la pieza de opinión del ex alcalde de Newport Beach Will O'Neill, publicada por el New York Post.
El problema no es solo de volumen. Sacramento exige una mezcla de combustible de diseño propio que casi ninguna otra refinería del país produce. Esa decisión regulatoria bloquea cualquier rerouting de emergencia desde el Golfo de México o el Medio Oeste. Cuando los tanqueros procedentes de Asia quedaron varados por el cierre del Estrecho, no había tuberías ni refinerías alternativas capaces de abastecer al mercado californiano.
El Instituto de Investigación Energética documentó que California importa actualmente el 20% de su gasolina desde refinerías asiáticas, y que las importaciones de productos refinados subieron un 36% en lo que va del año. Más de una cuarta parte de las importaciones extranjeras del estado el año pasado procedieron de Irak y Arabia Saudita, dos países cuyas exportaciones pasan por el Estrecho de Ormuz.
El trasfondo geopolítico agrava el cuadro. La Comisión de Revisión Económica y de Seguridad EE.UU.-China documentó un «Eje de Autocracias» que vincula financiera y políticamente a China, Rusia, Irán y Corea del Norte. China compra aproximadamente el 90% del petróleo exportado por Irán, lo que entrega decenas de miles de millones de dólares anuales al régimen iraní. Al mismo tiempo, Pekín adquiere energía rusa con descuento, sosteniendo la maquinaria de guerra de Vladimir Putin.
Mientras Sacramento reducía su base refinera y trasladaba la producción al otro lado del Pacífico, Pekín construía el sistema energético y financiero que hoy puede explotar esa dependencia.
La lectura de Ágora Capital. Lo que ocurre en California es un caso de libro sobre el costo real de la ingeniería regulatoria: cuando el Estado diseña un mercado energético a medida ideológica —mezclas únicas, cierres acelerados, hostilidad a la inversión privada en refinación—, no elimina la dependencia del hidrocarburo; simplemente la exporta a actores menos controlables y más hostiles. El contribuyente californiano paga hoy la prima de esa fragilidad construida por decreto. Capital busca reglas claras y cadenas de suministro resilientes; lo que Sacramento ofrece es exactamente lo contrario: regulación boutique, capacidad local en declive y exposición creciente a un mercado global donde China es el árbitro de precio. Los números ya votaron.


