El barril de Brent para entrega en octubre cerró este viernes en 83,55 dólares, un alza de 1,29%, mientras el West Texas Intermediate (WTI) avanzó 1,15% hasta 78,18 dólares. La recuperación diaria, sin embargo, no alcanzó para compensar la semana: ambos contratos acumularon un descenso cercano al 9%.
El detonante de la volatilidad fue el optimismo inicial sobre las negociaciones entre Washington y Teherán para poner fin al conflicto —que ya lleva cinco meses— y reabrir el estrecho de Ormuz. A principios de semana, el crudo se desplomó más de un 12% ante esas expectativas. Pero la euforia duró poco.
El miércoles, Irán y Omán anunciaron un acuerdo sobre una nueva ruta de navegación, sin que se materializara ningún avance concreto. El jueves trascendió que Teherán examinaba un proyecto para prohibir el paso de buques estadounidenses e israelíes por el estrecho, lo que impulsó los futuros más de 3 dólares en una sola rueda. El presidente Donald Trump afirmó que el paso podría reabrirse «pronto», aunque los analistas advierten que las condiciones iraníes complican cualquier acuerdo.
El nudo del problema es fiscal —y político. Irán pretende cobrar tasas de entre el 5% y el 7% del precio de los cargamentos que utilicen el estrecho, según indicó un alto cargo iraní. Omán negocia cobros de alrededor del 3%. Washington rechaza cualquier tipo de gravamen. Cuatro fuentes del sector señalaron que el acuerdo propuesto no es fácilmente viable debido a las sanciones estadounidenses y a las cláusulas restrictivas de los seguros sobre cualquier pago.
«La estructura del acuerdo entre Irán y Omán en su forma actual y el poder que otorga a Irán no es algo que Trump pueda aceptar políticamente», afirmó Bjarne Schieldrop, de SEB Research. Barbara Lambrecht, de Commerzbank, fue más directa: «El optimismo respecto a una reapertura del estrecho de Ormuz podría resultar prematuro».
Lambrecht añadió que Irán habría lanzado nuevos ataques contra «objetivos hostiles» en el estrecho, y que rebeldes hutíes en Yemen reivindicaron este viernes ataques en una provincia rica en petróleo. Arne Lohmann Rasmussen, de Global Risk Management, describió el ambiente como un «mercado nervioso ante la llegada del fin de semana».
Por el estrecho solía transitar una quinta parte del crudo y el gas natural licuado del mundo antes del inicio de la guerra, a fines de febrero. Las importaciones chinas de crudo se mantienen más de 3 millones de barriles diarios por debajo del nivel previo al conflicto, pese a un ligero aumento en julio. Esa debilidad actúa como freno para la subida de precios, aunque Rasmussen advierte que hay pocas probabilidades de que China aumente sus exportaciones de productos refinados de forma inmediata, lo que refuerza el riesgo de precios elevados en derivados como la gasolina. Andrew Lipow, presidente de Lipow Oil Associates, sintetizó el riesgo estructural: «Cuanto más se prolongue la interrupción del suministro, más se reducirán las reservas comerciales mundiales».
La lectura de Ágora Capital es que el mercado ya votó dos veces en la misma semana: primero castigó el crudo ante la promesa de paz; luego lo rebotó al comprobar que Teherán convierte un estrecho internacional en una fuente de rentas para el Estado iraní. Un régimen que exige peaje sobre el comercio global no ofrece reglas claras; ofrece riesgo geopolítico con precio variable. Mientras Washington no cierre un acuerdo que excluya cualquier gravamen soberano iraní sobre el tráfico marítimo, la prima de riesgo en el Brent seguirá siendo el termómetro más honesto de la situación.


