El 28 de julio, Mark Zuckerberg publicó un artículo de opinión en el Wall Street Journal con una tesis directa: la mayor amenaza de la inteligencia artificial no es su velocidad, sino su concentración. «La pregunta definitoria de nuestra era no es si existirá la superinteligencia, sino quién tendrá acceso a ella», escribió el CEO de Meta.
Su propuesta descansa en tres pilares: empoderamiento individual como fuente de prosperidad, la invención como propósito primario de la superinteligencia, y el equilibrio de poder como fundamento de la seguridad. «Si solo un puñado de instituciones tiene superinteligencia, inevitablemente ejercerán una influencia controladora sobre la economía, la ciencia y la política», advirtió.
Zuckerberg también atacó el argumento del desempleo tecnológico. «No entiendo por qué alguien que cree que la IA eliminará la mayoría de los empleos y gran parte de la relevancia humana se apresuraría a construir ese futuro», escribió. Su contrapunto histórico: la electricidad, la computación personal y la aviación generaron, cada una, mayor prosperidad compartida. «Creemos que esto será verdad con la IA también, y la abundancia del futuro puede ser compartida por todos».
El mismo día, sin embargo, más de 1.000 empleados de laboratorios de frontera —incluyendo OpenAI, Anthropic y Google DeepMind— publicaron la carta Pacing the Frontier. El texto solicita al gobierno de Estados Unidos que apoye un esfuerzo internacional para desarrollar «las herramientas técnicas y de gobernanza necesarias para desacelerar deliberadamente la frontera del desarrollo automatizado de IA».
Entre los firmantes figuran Dario Amodei, CEO de Anthropic; Jakub Pachocki, científico jefe de OpenAI; Mark Chen, director de investigación de OpenAI; Shengjia Zhao, científico jefe de Meta AI; y Anca Dragan, vicepresidenta de seguridad e IA en Google. Tanto OpenAI como Anthropic respaldaron la carta como organizaciones.
«Existe un riesgo real de que el desarrollo de capacidades se acelere rápidamente más allá de nuestra capacidad para entender o controlar los sistemas resultantes», señala la carta.
El contraste no es casual. El modelo de negocio de Meta descansa en modelos de código abierto —pesos públicos que cualquiera puede modificar y ejecutar—, mientras que OpenAI y Anthropic sostienen su posición comercial en el acceso propietario a sus sistemas más capaces. El analista de medios John Battelle lo resumió sin rodeos: «No sorprende que Zuckerberg crea que Meta es la superficie apropiada para, como él dice, 'entregar superinteligencia personal a todos'».
Desde Ágora Capital, la fractura es legible en clave de incentivos. Pedir al Estado que «frene» una tecnología cuando tu competidor distribuye libremente equivale a solicitar regulación como ventaja competitiva —un mecanismo tan antiguo como el capitalismo de amigos. La historia da la razón a Zuckerberg en el argumento histórico: las tecnologías que se democratizaron crearon más riqueza que las que permanecieron cerradas. Pero el riesgo real no es filosófico: es que Washington, presionado por más de mil firmas de laboratorios establecidos, construya barreras regulatorias que congelen el mapa competitivo actual. Capital busca reglas claras, no reglas que protejan a quienes ya ganaron.
