El tres de enero de 2026, en horas de la madrugada, agentes estadounidenses extrajeron a Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores de Venezuela. Hoy ambos están bajo custodia en un centro de detención en los Estados Unidos. El hecho es inédito. También lo es la deuda política que genera.
El columnista Rafael García Marvez lo escribe sin rodeos en La Patilla: Venezuela le debe su libertad al gobierno de Donald Trump. Pero la gratitud, advierte, no es gratis.
Para ilustrarlo recurre a Esopo. Un caballo pidió ayuda a un cazador para vencer a un ciervo. El cazador puso hierro entre sus mandíbulas, silla sobre el lomo y espuelas en los flancos. Ganaron la persecución. Cuando el caballo pidió que le quitaran los arreos, el cazador respondió: «No tan rápido, amigo. Ahora te tengo tomado por la brida y prefiero quedarme contigo como regalo».
La moraleja apunta directo a María Corina Machado. Según García Marvez, Trump se habría opuesto a su regreso al país porque «no es el momento más oportuno». El columnista coincide con esa postura y da tres razones concretas.
Primero: Machado es «la joya de la corona» y hay que preservarla. Segundo: regresar para permanecer encerrada en un apartamento sería políticamente insostenible. Sus propios seguidores lo criticarían. Tercero: si sale a la calle, la movilización que generaría en una población «enardecida» con el gobierno de Delcy Rodríguez podría derivar en violencia. García Marvez no descarta que elementos infiltrados provoquen incidentes para responsabilizar a Machado de los muertos.
El trasfondo doctrinal lo aportan Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, profesores de Harvard y autores de Cómo mueren las democracias. Según García Marvez, el libro advierte que cuando el temor o el oportunismo llevan a los partidos a incorporar extremistas al sistema, la democracia se pone en peligro. El columnista aplica esa lección a ambos extremos del tablero venezolano.
La lectura de Ágora Capital
El caso venezolano expone una tensión clásica en política exterior: el aliado que libera también condiciona. Trump ejecutó lo que ningún gobierno occidental se atrevió a hacer en dos décadas. El resultado es histórico. Pero el capital político generado tiene precio, y ese precio se negocia en Washington, no en Caracas.
La libre empresa y el estado de derecho requieren instituciones propias, no tutores externos con bridas. Venezuela necesita construir reglas que atraigan capital y protejan la propiedad. Eso no ocurre mientras el calendario político lo fije otro gobierno. El mercado lo sabe: sin certeza jurídica soberana, la inversión espera. Y el reloj de la transición corre a un ritmo que hoy marca, en buena medida, la Casa Blanca.
