Los números primero. La cadena de suministro global acumula disrupciones: eventos climáticos, conflictos bélicos, tensiones comerciales y epidemias han obligado a reescribir los manuales de operación en menos de una década. En ese contexto, Guillermo Claus, gerente de logística de una empresa petroquímica argentina, ofrece un diagnóstico que incomoda a los entusiastas de la automatización total.
«Lo técnico se aprende en la propia operación: no hay una ciencia muy compleja detrás, sino mucha experiencia y sentido común bien aplicado», sostiene Claus. La frase resume su filosofía: la flexibilidad y el pensamiento analítico pesan más que cualquier certificación o plataforma de inteligencia artificial.
Multimodalidad como principio económico. Para Claus, la fórmula es directa: «La logística multimodal es la logística lógica». Distancias largas en tren o barco; última milla en camión. La elección correcta del modo de transporte genera eficiencia, reduce costos y disminuye emisiones de carbono. El obstáculo, señala, es estructural: la infraestructura ferroviaria argentina limita la aplicación de ese modelo, que además requiere volumen suficiente para integrar proveedores como una sola unidad.
En productos regulados o peligrosos —el núcleo de la industria petroquímica— la complejidad se concentra en buenas prácticas de manejo, certificaciones, documentación y trazabilidad. En segmentos como los plásticos, el desafío es distinto: administrar volumen, capacidad y sostener el flujo ante la variabilidad de producción y demanda.
El límite de la IA sin disciplina operativa. Claus no descarta la tecnología; la condiciona. «Vi fallar sistemas inteligentes por falta de disciplina operativa o por datos mal cargados», afirma. La misma lógica aplica al debate entre almacenes automáticos y convencionales: el contexto define la solución, no la herramienta. «Hay que saber qué tecnología aplicar, en qué momento y condiciones», agrega.
El ejecutivo también señala un déficit de integración entre los actores de la cadena, que no siempre operan en el mismo nivel de desarrollo, problema que se amplifica en el comercio internacional.
El rol invisible que sostiene la economía real. Durante la pandemia, la logística demostró su peso: sostuvo el flujo de suministros médicos y alimenticios cuando el resto del sistema se detuvo. «Es una función que históricamente fue el último eslabón de la cadena: se espera que cumpla y se marca cuando falla, pero no siempre se festeja cuando funciona bien», resume Claus.
Desde Ágora Capital, el argumento de Claus apunta a algo más amplio: la productividad real no se compra con software. Se construye con reglas claras, infraestructura funcional y operadores que entienden su contexto. En Argentina, donde el déficit ferroviario es una restricción estructural reconocida, la conversación sobre eficiencia logística es inseparable de la conversación sobre inversión privada en infraestructura y marcos regulatorios predecibles. Capital busca reglas claras —y también rieles que funcionen.


