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Panamá jubila el conocimiento antes de tiempo y paga el costo en productividad

Un auditor forense y exviceministro advierte que el país desperdicia décadas de capital humano acumulado mientras las economías más desarrolladas lo convierten en activo estratégico.
Imagen ilustrativa
lunes 13 de julio de 2026

El argumento llega desde adentro del aparato estatal: quien lo formula es auditor forense y exviceministro de la Presidencia de Panamá. Su tesis es directa — el país descarta profesionales experimentados por criterio de edad y reemplaza ese capital humano con personas sin la preparación necesaria para asumir responsabilidades complejas.

El contraste que ofrece la fuente es ilustrativo. En Estados Unidos operan organizaciones de asesoría empresarial voluntaria con más de 10,000 mentores activos — expresidentes de empresas, banqueros, ingenieros, contadores y abogados retirados — que ofrecen servicios gratuitos en planificación de negocios, finanzas, mercadeo, exportaciones y sucesión empresarial. Los sectores que más aprovechan ese recurso incluyen banca, finanzas, seguros, salud, tecnología y educación.

La experiencia corporativa respalda la tesis con dos casos de referencia. Lee Iacocca, despedido de Ford Motor Company tras diferencias con Henry Ford II, fue convocado para dirigir Chrysler cuando la empresa estaba al borde de la quiebra. Obtuvo garantías federales, reestructuró la operación, redujo costos y lanzó nuevos modelos que devolvieron la rentabilidad. El caso se estudia hoy en escuelas de negocios como uno de los mayores rescates corporativos del siglo XX.

Howard Schultz, por su parte, había dejado la dirección ejecutiva de Starbucks en una transición planificada hacia el retiro. Cuando la empresa enfrentó caída en ventas, pérdida de identidad y dificultades financieras, fue llamado nuevamente. Cerró cientos de tiendas poco rentables, modernizó la operación y recuperó el crecimiento. Ambos casos ilustran el mismo principio: cuando una corporación multimillonaria enfrenta una crisis, no busca al ejecutivo más joven sino al más experimentado.

El diagnóstico sobre Panamá es severo. Según el autor, la práctica de reemplazar profesionales con décadas de trayectoria genera pérdida de memoria institucional, retraso en trámites, improvisación en la gestión pública y un alto costo para el desarrollo nacional. El resultado, escribe, «es predecible».

La propuesta no es confrontar generaciones sino integrarlas: los jóvenes aportan innovación y energía; los profesionales de mayor trayectoria ofrecen criterio, visión estratégica y lecciones que ningún libro puede enseñar.

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Desde la perspectiva de Ágora Capital, el argumento toca un nervio de política económica que va más allá del debate generacional. Descartar capital humano acumulado durante décadas no es solo un error de gestión de recursos humanos — es destrucción de valor que el Estado y las empresas terminan pagando en ineficiencia y repetición de errores costosos. El dinero de los contribuyentes financia instituciones públicas que, al jubilarse el conocimiento antes de tiempo, deben reinvertir en formación que ya existía.

Panamá, bajo la administración Mulino, tiene una oportunidad concreta: construir mecanismos formales — como los que describe el autor en el modelo estadounidense — que canalicen ese capital humano hacia el sector privado, las universidades y la gestión pública. Capital busca reglas claras, pero también busca talento probado. Un país que respeta la experiencia construye sobre ella; el que la desecha está condenado, como señala el propio autor, a repetir los mismos errores.

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