Los números no dejan espacio para la retórica. Desde 2018, la economía mexicana ha crecido en promedio 0.6% anual —frente al 2.3% que registró Estados Unidos en el mismo período— y en los últimos dos años esa cifra se redujo aún más, a apenas 0.5% por año, según el columnista Macario Schettino en El Financiero.
La inversión, motor de cualquier expansión sostenida, avanza al 0.3% anual desde 2018. La construcción crece al mismo ritmo. El rubro de maquinaria y equipo también: impulsado por importaciones y frenado por una contracción del equipamiento de origen nacional. Capital busca reglas claras, y aquí no las ha encontrado.
Lo que sostiene la actividad es el consumo, que crece al 1.5% anual —cinco veces más rápido que la inversión—, pero con un detalle que lo desdibuja: casi todo ese dinamismo proviene de bienes importados, que se expanden al 6% anual. Los bienes nacionales avanzan al 0.4% y los servicios, al poco más del 1%. El mercado ya votó: prefiere lo que viene de afuera.
Hubo momentos en que pareció que la economía cambiaba de marcha. Primero, la recuperación pospandemia, que no alcanzó siquiera el nivel previo al confinamiento. Después, lo que Schettino describe como una «burbuja de inversión y consumo» creada en 2023-2024. Más recientemente, un ligero salto en construcción al cierre de 2025, atribuido a reportes del Infonavit, que —según el columnista— no coincide con la encuesta de empresas del sector y aún está bajo verificación. La golondrina no presagió el verano.
El estancamiento tiene una consecuencia fiscal directa: el gobierno no recauda con suficiencia —visible ya en los datos de mayo— mientras sus gastos no ceden. El déficit heredado de la burbuja electoral no ha descalificado aún a México ante los mercados financieros, pero el margen se estrecha. Schettino lo precisa: no es una crisis, es un estancamiento; aunque uno puede convertirse en el otro.
El dato más severo es el del ingreso per cápita. La población crece a un ritmo superior al de la economía, lo que implica ocho años de contracción continua en ese indicador. Transferencias de efectivo y aumentos salariales han amortiguado el golpe para algunos hogares, pero, en palabras del columnista, «el saldo empieza a ser negativo». La economía se sostiene gracias al resto del mundo: importaciones crecientes, exportaciones con señales de debilidad y un tipo de cambio que responde a flujos financieros externos sobre los que México no tiene control.
Desde esta redacción, el cuadro es el de una libre empresa que no encuentra condiciones para invertir y una burocracia que gasta sin producir el crecimiento que promete. Ocho años de ingreso per cápita en retroceso no son un ciclo: son una tendencia. El costo lo paga el contribuyente, el trabajador y el empresario que apostó por el mercado interno. Mientras el aparato estatal celebra soberanía, el capital vota con los pies.
