El gobierno mexicano ha presentado una proyección de crecimiento del PIB cercana al 1.6% para 2026 como señal de resiliencia ante un entorno internacional complejo. El mercado ya votó su veredicto: esa cifra no alcanza.
La aritmética es implacable. México crece demográficamente a un ritmo cercano al 0.9% anual, según el análisis publicado en El Financiero. Si el producto avanza 1.6% y la población lo hace 0.9%, el ingreso por habitante —el indicador que verdaderamente refleja el bienestar— apenas sube alrededor del 0.7%. Esa décima sobre cero no transforma vidas ni cierra brechas.
La comparación internacional es devastadora para el modelo vigente. Corea del Sur, Taiwán y China sostuvieron crecimientos del PIB cercanos al 7 u 8% durante varias décadas. Descontado el efecto demográfico, eso se tradujo en aumentos del ingreso por habitante de entre 5 y 6% anual, suficientes para reclasificar economías enteras. México, en cambio, lleva desde mediados de los años ochenta en una trayectoria de crecimiento «persistentemente insuficiente», sin transformación estructural que eleve la productividad de forma permanente.
El resultado es la paradoja que cualquier empresario o consumidor mexicano reconoce: exportaciones récord, flujos de inversión extranjera, nuevas plantas manufactureras y estabilidad macroeconómica en los titulares; mejora imperceptible en el bolsillo de las familias en la vida real. El crecimiento agregado apenas compensa el aumento de la población.
Los números del tiempo también son contundentes. Con un ingreso por habitante que avanza 0.7% anual, duplicar el nivel de vida promedio requeriría varias décadas. Una economía que creciera al 4% por habitante lo lograría en menos de veinte años. Esa diferencia explica por qué ciertas naciones convergen hacia el mundo desarrollado mientras otras permanecen atrapadas en el ingreso medio.
El debate público, sin embargo, sigue girando en torno a décimas: si el PIB llegará a 1.2%, 1.5% o 1.8%. Esa discusión es, en el mejor de los casos, irrelevante; en el peor, una cortina de humo que distrae de la pregunta estructural: cómo construir una economía capaz de crecer de forma sostenida por encima del 4 o 5% anual.
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Desde Ágora Capital, el diagnóstico apunta a una dirección que el aparato estatal mexicano ha evitado sistemáticamente: el problema no es de demanda agregada ni de gasto público adicional, sino de productividad, reglas claras y espacio para la libre empresa. Tres décadas de apuesta exclusiva a las exportaciones y a la inversión extranjera como locomotoras únicas del desarrollo han demostrado ser insuficientes —eso lo reconoce incluso el análisis citado—, pero la solución no pasa por más burocracia industrial dirigida desde arriba, sino por desregular, reducir la carga fiscal sobre la reinversión y garantizar el estado de derecho que el capital necesita para quedarse y multiplicarse.
Mientras el oficialismo celebre un 1.6% como logro, y mientras la política económica no genere los incentivos que conviertan el ahorro en inversión productiva de alto valor agregado, cada boletín del INEGI seguirá siendo, tal como concluye el análisis, una ilusión estadística: cifras que avanzan en los agregados y se estancan en el bienestar de cada mexicano.
